rechaza cualquier tipo de violencia

Un país, una tesis

Publicado: 2016-01-30

¿Importa en el escenario global el estallido del escándalo sobre los plagios, ya bastante profusos, del candidato presidencial César Acuña? Hay quienes piensan que no, o no tanto, porque no somos -es cierto- un jugador de peso, una potencia cuyos líos puedan remecer el tablero político mundial o siquiera regional. Pero también hay quienes ven con susto, ya no solo con preocupación, que el caso se convierta en una bola de barro que aplaste nuestra imagen de un modo irreversible.

Yo me encuentro algo más cerca de los segundos, pero no sólo por una cuestión de imagen. Es decir, no únicamente porque hay que guardar las formar y es vergonzoso que tengamos un plagiario militante de candidato y quizás de presidente. Si bien eso nos pondría ante el mundo con el traje éticamente manchado de un mandatario, que además tendría escasas luces intelectuales, hay otras dimensiones a mis ojos tan o más alarmantes. Cosas que un país no se puede permitir.

Salvar la educación

Una es lo que esta deriva penosa está revelando de nuestro sistema educativo. El problema ahora no es sólo de Acuña, quien al parecer ha montado su imperio educativo en base, cuando menos, a pagos abundantes o investigaciones ficticias (de él, para tener los grados y títulos, aclaremos, no de sus estudiantes); es un asunto que involucra al ámbito universitario en su conjunto, pues lo pone como un territorio donde incluso eso puede suceder. Como un páramo posible de ser fertilizado con trucos.

En los últimos años -y cualquier otro profesor universitario tal vez podría decir lo mismo- han aumentado los alumnos extranjeros en nuestras aulas. En mis cursos he tenido más españoles, mexicanos, norteamericanos, venezolanos, entre estudiantes de otras nacionalidades. Algunos vienen por motivos económicos, claro, pero aún así saben que en la cancha universitaria pueden aprender, que algo de la bonanza macroeconómica fue a parar a los claustros, no obstante sus abundantes problemas.

De pronto, cuando el nacimiento de la Superintendencia Nacional de Educación (SUNEDU) comienza a crear las condiciones para que nuestras universidades se vuelvan una opción más seria, cae este misil. De un señor que dice estar de acuerdo con esa reforma pero que, cada día más, evidencia que no era precisamente un alumno afanoso. Desde afuera, solemos ver cómo problemáticos a los países que tienen líderes de este tipo, pero se suele decir de esos países que "les falta educación".

Bueno, ahora resulta que tenemos a un presunto líder educativo, a alguien que iba a revolucionar las conciencias, acumulando plagios a escala geométrica y con serias ganas de ser presidente. No sería tan grave si fuera sólo un rector, pues universidades malas hay en naciones donde también las hay magníficas. Solo que acá se trata del riesgo de que el poder sea encarnado por alguien que actuando en esa vena neurálgica de cualquier país -la educación- tiene méritos construidos sobre bases febles.

Muchos no irían a estudiar un país así, creo, ya que también se preguntarían cómo es que el sistema legal permite que un estudiante de currículum dudoso tenga tantas aulas a su cargo y, a la vez, sea presidente. La historia latinoamericana está llena de cosas delirantes, relacionadas con lo académico. Emilio Massera, por ejemplo, uno de los miembros de la Junta Miltar que se instaló en la Argentina en 1976, responsable de horrendas desapariciones, obtuvo en 1977 un Doctorado Honoris Causa.

No dañar el cargo

Se lo dio la Universdad del Salvador, manejada entonces por laicos ultramontanos; su compinche, el dictador Jorge Rafael Videla, en 1980 habló en el III Congreso Nacional de Filosofía. Sí, no estamos en ese nivel bananero, pero no podemos arriesgar ni un pelo del territorio educativo, que debería ser sagrado y exorcizar toda amenaza de que el Poder se imponga allí o influya de una manera delirante. En este caso, nos estamos exponiendo no sólo al ridículo sino a que la mentira reciba su summa cum laude.

¿Normal nomás? En otros países, como ya se ha comentado estos días, episodios similares originaron renuncias, forzadas y difíciles, pero consumadas. En el 2012, el presidente húngaro Pál Schmitt renunció a su puesto, tras descubrírsele un plagio. En Alemania, Ángela Merkel tuvo que, sucesivamente y con dolor, aceptar la dimisión de sus ministros de Defensa Theodore zu Guttenberg (2009), y de Educación Annete Schavan(2013), por el mismo pecado de lesa academia.

Cuando Schavan renunció, acorralada por la revelación del plagio, dijo algo que ahora debiera resonar en los oídos de los votantes, ya que en la mente del candidato Acuña y sus tristes escuderos -de cuyo nombre no me quiero acordar- simplemente resbalará: "el cargo no puede sufrir daños". El grado de doctora lo había obtenido tres décadas antes, no estaba tan fresco como el caso que hoy tiene en furia al Perú, pero aún así la inmolación política se produjo, sin defensas pálidas ni victimizaciones melodramáticas.

¿Les importa al postulante por Alianza para el Progreso, y a su entorno ahora balbuceante, dañar el cargo? ¿No tiene relevancia porque "el pueblo" mira al candidato y no a una tesis? ¿Han pensado que se podrían deteriorar las relaciones no sólo con la Universidad Complutense, una universidad pública de enorme prestigio, sino hasta con una parte del Estado español? ¿Qué pasaría si el señor de la (o las) tesis dudosas llega a la presidencia y, ya en el cargo, le quitan por todo lo alto el grado de doctor?

Supongo que hay quienes creen que hay otros problemas como cancha que se deben enfrentar o que, bueno, ya hemos tenido en el cargo a responsables de violaciones a los derechos humanos, corruptos que están en el ránking mundial o mandatarios que chupan en un avión. Frente a los cuales un plagiador no es necesariamente el más matón del barrio. Ocurre, no obstante, que siempre decimos que todos esos males se curan "con educación" y resulta que ahora tenemos al frente a un 'educador' que falsea.

Simbólicamente es desolador y decidor: es como si cuando, por fin, se cree que se ha encontrado la planta que podría renovar un campo lleno de plagas, esta proviene de una semilla contaminada, de un organismo modificado por la corrupción. Nuestra sociedad, tan sufrida por la ventisca de la inmoralidad y la violencia, no se merece ese transgénico político. No tenemos derecho a entrar al escenario de la globalización en esa escandalosa presentación.

Un riesgo global

Termino diciendo que, si hay personas encargadas de política exterior en el plan de gobierno de APP, aunque sea ellos deberían pulsear su renuncia. Ser seguidistas de un proyecto construido de este modo, augura un panorama en el cual, de instalarse en Palacio el candidato ahora interpelado, tendrían que defender ante el mundo a un jefe, no solo poco versado en el tema, sino con letra y verbo en cuestión. No hay Tribunal Penal Internacional para eso, pero sí sanción global.

La presencia de alguien así en el cargo de presidente, que terminaría profundamente dañado, sería una contribución para la renovación de la literatura latinoamericana. Volverían entonces los tiempos del patriarca que lo quiere todo, o del hombre providencial que labra su rostro en el sillón de mando y se cree de una raza distinta; de alguien que termina su carrera en la universidad de la vida siendo mandatario, aunque a costa de haber engañado a las universidades de este y otros países sin clemencia.

Como ejercicio para la imaginación es estimulante; como propuesta política real no solo suena riesgoso sino, además, fantásticamente desastroso.

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Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

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