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fuente: ap

El golpe (global) del 11-S

Quince años después, el atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono sigue dejando una humareda de problemas. No hay más seguridad en el planeta

Publicado: 2016-09-11

¿Son los árabes, de todo el mundo, vistos hoy del mismo modo en que se les veía el 10 de septiembre del 2001? ¿Se ha estabilizado Oriente Próximo luego de varias invasiones, alianzas u operaciones estratégicas? ¿Sigue teniendo vigencia la idea, cuasi ilusión, de que pronto llegará “el fin de la historia”? ¿Ha aumentado la seguridad en todo el planeta? ¿Cuánto susto y cuánta esperanza existen 15 años después de que Nueva York viera llegar el horror desde el cielo?

Al cumplirse tres quinquenios desde que dos aviones se estrellaran sobre las Torres Gemelas, otro más sobre el Pentágono y uno más cayera en Pennsylvania, sin que supiera nunca a dónde estaba dirigido, un viento de espanto aún sacude a Estados Unidos. Continúa el luto por la inmensa tragedia, que se llevó la vida de 2,973 personas, y están en pie varias preguntas sobre por qué la magna potencia fue masacrada de ese modo. En su alma ciudadana y en su orgullo nacional.

Incluso se siguen alzando enrevesadas teorías de la conspiración, y a veces se olvida de que, más allá del origen de la tragedia, no fue un golpe solo contra el corazón del poder norteamericano, sino contra el conjunto de la Humanidad. Ha habido, hay y habrá guerras en nuestro mundo cruel y desquiciado, pero aquello de tirar aviones contra edificios llenos de gente, con inmolación de los pilotos incluida, fue una de las peores maldades que nuestra especie se ha hecho a sí misma.

El 11 de septiembre del 2001, por eso, todavía humea dolorosamente en nuestra memoria y a la vez deja lecciones duras e inconclusas. Una primera, la más perniciosa tal vez, es que la desconfianza global se ha instalado. Ya no es posible sentirse plenamente seguro en aeropuertos, centros financieros, ciudades, aviones, restaurantes, campos incluso sin metrallas. La vida continúa, y así debe ser; pero todos sabemos que la sospecha siempre está en la atmósfera.

Ronda por los controles aeroportuarios, donde alguna mirada furtiva puede ser un mala señal, o en otros muchos lugares. Y cuando verdaderamente algo ocurre, no son Estados Unidos o Europa los únicos que se ponen en alerta; una onda expansiva de preocupación se extiende por todo el orbe y al minuto aparecen policías, soldados, controles extremos. El ataque feroz de ese día ha globalizado el temor, ha convertido a la aldea planetaria en un valle asustado.

Por terrible y desinformada consecuencia, la comunidad árabe y musulmana está en el centro de las desconfianzas de una parte de la comunidad mundial. Hasta existen autoridades o candidatos, como el vitriólico Donald Trump, que han hecho de la islamofobia parte de su menú de campaña. No es que antes todo fuera más llevadero, o que solo a partir de ese ataque se hablara del ‘choque de civilizaciones’. Es que el choque de esos aviones hizo estallar una histeria global pronunciada.

Cualquier político con aspiraciones de poder debería conocer datos mínimos esenciales–por ejemplo, que solo la quinta parte de los musulmanes viven en los países árabes-, o entender que, si se mide con rigor los efectos del terrorismo islamista se encontrará, entre otras cosas, que la mayoría de víctimas del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) son los propios devotos del Islam. Pero para muchos no hay tiempo para pensar, ver, distinguir. Solo para reaccionar.

Otra consecuencia, infeliz, del embate contra el World Trade Center y el Pentágono es, como lo precisó bien el analista Pablo Colomer en la revista mexicana ‘Política Exterior’ (cuando se cumplían 10 años de la tragedia), es que los asuntos militares y de inteligencia han vuelto con fuerza al centro de la escena global. La ilusa aspiración de Francis Fukuyama, sobre la posible conquista del planeta por parte de la democracia liberal, quedó en esa jornada destrzada.

La globalización prosigue, aunque está herida. Las finanzas se mueven más fluidamente, la informática se expande sin cesar, solo que siempre se sabe que una alerta naranja, debido a una amenaza o un acto terrorista consumado, puede sacudir las Bolsas de Tokio o Nueva York tanto como un estornudo de China. Los gastos en armas, o en operaciones de inteligencia y contrainteligencia, siguen siendo astronómicos, insultantes para los desheredados del planeta.

Estados Unidos gastó, en el 2014, la asombrosa cifra de 581 mil millones de dólares, una cantidad superior a la suma de lo que gastaron los 15 países que le siguen en cuanto a potencia militar. No se explica eso sin el 11-S y sin la respuesta, desatada y algo ciega, emprendida por George W. Bush tras el monstruoso acontecimiento. Al atacar Afganistán e Irak se genera una espiral que no ha podido ser neutralizada y que no trajo, para nada, el alivio de la seguridad.

Desde el 11 de septiembre en adelante ha habido numerosos atentados, también perpetrados por Al Qaeda (el presunto autor del ataque contra las Torres Gemelas), por el Estado Islámico o por otros grupos afines. Bali, Londres, Túnez, Estambul, Kabul, París, Niza, Madrid, Bruselas, Damasco, Bagdad, Islamabad son nombres y lugares que han pasado a ser asociados con una violencia perversa, sin contemplaciones, que sugiere la persistencia del gran problema del siglo XXI.

La prisión de Guantánamo, que Barack Obama no ha podido clausurar, es otro de los ecos de ese día fatal. Bush hijo la creó para internar, sin derecho alguno y en un despiadado limbo terrenal, a los que él llamó “combatientes enemigos ilegales”. Allí debían ir los perpetradores del 11-S, supuestamente, pero terminaron yendo decenas de inocentes. Los derechos humanos, que deberían guiar la lucha contra cualquier terrorismo, fueron en gran medida ignorados.

¿Hay algo que ha mejorado a los 15 de años de ese momento aterrador, que cubrió de muerte el territorio estadounidense? Quizás una gran lección es cómo resulta muy difícil hacer pronósticos sobre el destino de las sociedades humanas. Cuando se piensa que un ciclo histórico se cierra, se abre otro, aparentemente inesperado, a pesar de que solo estaba esperando una coyuntura precisa para saltar a escena y romper todas las previsiones, académicas o políticas.

Se acabó la ‘Guerra Fría’, al comenzar los 90 y, sin embargo, Rusia y Estados Unidos vuelven a entrar en pugna, aun sin bipolaridad y cuando hay otros actores; se encendieron las revueltas árabes en el 2011 y hoy de ellas solo queda el rastro sangriento de Siria, y naufragios políticos en países como Egipto y Libia. Se aspiraba a que la Tierra se aplane, graciosamente, con la globalización y el atentado del 11-S derrumbó los augurios entusiastas.

No sabemos cuánta zozobra más tendremos que vivir. Al Qaeda sigue en pie de guerra (no obstante la muerte de Bin Laden en el 2011) y ha lanzado amenazas por esta conmemoración, mientras el Estado Islámico (que nació de Al Qaeda luego de la invasión de Bush a Irak) sigue atacando. En memoria de las víctimas, es urgente entender que esto no es un juego de guerra, ni una película (de las muchas que se han hecho sobre el tema), sino un problema que no acabará ni rápido ni solo con bombardeos, detenciones, cálculos políticos o conspiraciones.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

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