siempre cambia su estado

fuente: la prensa de panamá

La quiebra moral de América Latina

Publicado: 2017-02-10

Casi no hay tienda política a salvo, ni gobierno libre de tentaciones o pecados. Tampoco pasa una semana, o a veces un día, sin que salte una liebre que indique un nido de sobornos. América Latina está con fiebre, en cuidados intensivos acaso, debido al laberíntico caso denominado Lava Jato, que ha inundado de sospechas, o de penosos hechos comprobados, a prácticamente toda la región. El nombre propio Odebrecht ahora significa el oprobio, la ruina moral, el escándalo.

¿Cómo es que hemos llegado a este momento tan estremecedor, a este tsunami de denuncias que ha golpeado a todo el espectro político latinoamericano? Algunos sabihondos, o desinformados, sostienen que la ola de denuncias que nos está ahogando ha sido promovida por la izquierda continental, vía el Foro de Sao Paulo, y que ahí estaría el origen de todo este trance en el que parece que nadie saber para quién trabaja, o donde es mejor que se vayan todos.

Todos se mojan

Pero esa es una, a mis ojos, forma de no entender nada o de ver el problema de costado. La izquierda brasileña está notoriamente embarrada en esta suerte de escalada de coimas que, desde hace varios años, ha hecho que Odebrecht movilice al menos 700 millones de dólares para que le salgan todas, o casi todas, las  licitaciones. Desde trenes hasta puentes, pasando por oleoductos, trenes, carreteras y todas esas ‘obras’ que los pueblos aman.

Es posible incluso que Luiz Inácio ‘Lula’ da Silva, el otrora líder del progresismo latinoamericano, termine con arresto domiciliario, o en prisión, como en sus heroicos tiempos de sindicalista metalúrgico, solo que por motivos menos nobles. Se le acusa de recibir dinero, departamentos, de Odebrecht y otras empresas. Era su canciller, sugieren algunos analistas, en ocasiones con fruición. Pero esa parece ser solo una parte de esta historia moral desoladora.

Todo el aparataje montado por una decena de empresas brasileñas, para moverse a ritmo de samba infalible por la región, y conseguirlo todo viene desde la época de Fernando Henrique Cardoso, y se ha llevado de encuentro a personajes políticos de lo más graneados. Como Eduardo Cuhna, del Partido Movimiento Democrático Brasileño (hoy en la cárcel), o como Fernando Collor de Mello, el primer presidente latinoamericano sometido a un impeachment.

Por supuesto, también los líderes del Partido de los Trabajadores (PT), el de Lula,y los de Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), el de Cardoso. En otra esquina regional, el chavismo también habría participado en la danza, al recibir nada menos que 98 millones de dólares en coimas, sin que haya mayores indicios de investigación. Eso sitúa a este país atormentado como primero en el ránking de los sobornos, seguido de República Dominicana con 92 millones

Los pagos de Odebrecht en el país merenguero se habrían producido entre el 2001 y el 2014, lapso en el que pasaron por el gobierno el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), dos partidos de corte socialdemócrata (más nominal), y para nada miembros de la órbita bolivariana. En Panamá, a donde cayeron 59 millones de dólares, el gran implicado es Ricardo Martinelli, un hombre de centro-derecha.

Recientemente, el barro le ha caído al propio actual presidente, Juan Carlos Varela, otro hombre ubicado a la derecha del espectro (Partido Panameñista). Siguiendo la ruta del dinero por ese lado, se llega a Óscar Iván Zuluaga, nada menos que el delfín de Álvaro Uribe en las elecciones colombianas del 2014, que también habría recibido una “ayudita” de sus amigos brasileños. Y ahora hasta a la campaña del presidente Juan Manuel Santos, el artífice empeñoso de la paz.

Crack moral

La marea ha llegado hasta los alrededores de Michelle Bachelet, vía la empresa OAS, otra transnacional del soborno brasileño; y en el Perú ya sabemos: a tres gobiernos variopintos: el del hoy súper caído en desgracia Alejandro Toledo, el del sagaz Alan García y el del opaco Ollanta Humala. Si es que la cuerda no conduce también, y probablemente, hasta al decenio fujimorista (1990-2000). ¿Dónde están las preferencias ideológicas de estas empresas facinerosas?

No existen, simplemente, y ése es un buen punto de partida para entender el origen de esta lluvia de millones. Pretender echarle lodo a la izquierda, o a la derecha, aprovechando el literal pánico que provoca este sismo político, implica no hacer un buen diagnóstico. Es seguir hundiéndonos en la bruma de la pelea cerril y no saber que nos estamos quebrando moralmente, en numerosos confines de la región, de un modo tal vez inédito y cuyas consecuencias pueden ser muy graves.

Es cierto que la corrupción no es ninguna novedad en esta comarca del mundo, pues junto con la desigualdad y la inseguridad ciudadana forma parte de nuestro karma social y nuestro déficit democrático. Pero lo que está saliendo ahora, del subsuelo, es alarmante. En Perú, ya estamos apuntando a un nuevo ex presidente preso; en Panamá podría tambalear el gobierno, lo mismo que en Brasil, donde Temer, el gran verdugo de Dilma Rousseff, podría ser otro de los apestados.

¿Qué va a pasar si el efecto de esta onda destructiva se lleva a ministros, viceministros, gobernadores, ex presidentes o hasta a presidentes en ejercicio? El golpe a la clase política, aunque también a la moral ciudadana sería fatal, porque alimentaría el desencanto, la desolación. Se podría querer que venga alguien “con mano dura” a curar esto; pero, a ver, se supone que eso era Hugo Chávez, cuyo gobierno, ejercido por él y su heredero, está entre los más contaminados.

Me parece que, a nivel político, la única alternativa es el surgimiento de nuevos movimientos o partidos, pero que tengan metidos, en la médula, el tema anticorrupción, como ha escrito a propósito de esto Diego García Sayán, nuestro ex canciller. No hacer de esto una causa ciudadana, profundamente política, es condenarse a la repetición hasta el auto-exterminio quizás. No es algo a elegir ahora, es una tarea indispensable por las connotaciones que tiene.

Brumas de esperanza

Como una vez escribí, la corrupción roba y te roba. No es un saqueo al Estado, sino a cada ciudadano; una coima gorda más significa un hospital menos, o un tren que pudo ser más largo, o un programa social que se apagó. Los partidos, nuevos o viejos, no han hecho casi docencia con eso, quizás porque se han quedado anclados en el florilegio político barato o, peor aún, porque son parte del entramado, y no están dispuestos a un acto de exorcismo a gran escala.

Algo que, de pronto, ayudaría, y que ya se discute, es que el propio Estado financie las campañas políticas. De primera impresión suena mal, es visto como algo impopular, pero en los hechos amenguaría la tentación del billetón a la hora en que comienza la carrera presidencial. ¿No nos está diciendo algo la frecuencia con que se va descubriendo que Odebrecht financiaba campañas de toda estirpe política? ¿No le convenía acaso tener un presidente ‘amigo’?

Amor con amor se paga, y en materia política eso se cobra con creces. No recuerdo otro momento en que haya sido más oportuno discutir esta parte de la cacareada reforma política, esa que sugiere que el dinero no mande. Lo estamos viendo de manera dispendiosa: el caso Lava Jato es la mega demostración de que la política se ha convertido en un negocio, con reglas, con inversionistas, con beneficiarios, con lugares en el organigrama empresarial inclusive.

Por lo mismo, no habría que excluir del análisis a las empresas privadas. El foco se ha puesto, mayormente, en la clase política; pero si no existiera el corruptor, que no fue inventado por el Estado, estaríamos hablando de otra cosa. Los empresarios, de toda la región, no solo deberían hacer un mea culpa, sino sacudirse, reconocer que han sido parte activa de estas miasmas, que al final terminan desprestigiando a todos y hasta provocando que la economía decrezca.

Los sistemas judiciales, por añadidura, tienen que dar la batalla. Lo están haciendo, aunque, ojo, no están libres de los tentáculos de esta dinámica de criminalidad, que no pocas veces los captura, los paraliza, los somete. En Panamá, en Brasil, en Colombia y en Perú los fiscales están jugando su partido, contra amenazas y baches. Y si están ahí, como ha escrito Gustavo Gorriti, es porque la propia democracia, con todas sus precariedades y miserias lo ha permitido.

Finalmente, nada de esto tendrá un final semi-feliz (la corrupción nunca acabará, creo yo, pero se puede neutralizar fuertemente) si la calle no se compra el pleito. Hay quienes estos días han ninguneado al movimiento social, o incluso se han burlado de él, bajo la premisa de que no consiguen nada, o de que entre ellos también hay corruptos. Probablemente así sea, mas no será posible hacer nada si los ciudadanos no se aleonan y dicen basta a esta maremoto del mal.

La calle hablará

Sucedió así en Rumania, no hace muchos días; y hace unos años en Islandia y en la propia Guatemala, un país harto problemático, pero que se cansó del robo institucional, al punto que puso contra las cuerdas y logró llevar a la cárcel al ahora ex presidente Otto Pérez Molina. La calle, más atrás, hizo que Estados Unidos saliera de Vietnam, y ahora podría hacer retroceder a Donald Trump. La sociedad civil, en suma, no es un actor inútil o inofensivo.

Una última cuestión que se puede comentar es que la corrupción no es, en modo alguno, un mal “de otros”, es una tentación que ronda, en lo macro y en lo micro, en el pequeño y el poderoso. Los políticos la ponen en escena con más intensidad, y a veces sin vergüenza. Pero no es ajena. Si esta quiebra moral se ha producido es porque nuestra atmósfera social latinoamericana ha sido permisiva con ella, por años, o siglos, y ahora está pagando el precio de esa desidia perniciosa.


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Kaleidospropio

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