reconoce sus orígenes

FUENTE: REUTERS

La guerra climática de Donald Trump

Por qué la decisión de Trump de retirarse del Acuerdo de París es descaminada, errática. Cómo coloca al mundo y a EEUU en una situación de alto riesgo.

Publicado: 2017-06-02

Un día antes de que Donald Trump anunciara que Estados Unidos se retiraba del Acuerdo de París, la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (más conocida como NASA) informó, a nuestro sorprendido planeta, que tenía lista una sonda que llegaría hasta cerca del mismísimo Sol. La Solar Parker cumplió así, sin querer y en este mayo delirante, su papel de gran parábola espacial contemporánea. 

En otras palabras: mientras el surrealista mandatario norteamericano abre la ruta para que la Tierra se siga incendiando, debido al calentamiento global, un organismo de su propio país anuncia que podemos acercarnos más a la fuente original de los rayos solares, al incendio mayor que siempre será inalcanzable para nosotros. Pero que nos va llegando a ráfagas, gracias al extravío supremo de líderes como el poderoso magnate.

Llego casi a tocar el sol, espectacular, y a la vez dejo que su energía se acumule in extremis en el ecosistema terrestre. Pocas cosas tan paradójicamente absurdas como esa, aunque hay que precisar que la propia NASA debe estar con la temperatura subida, porque sus científicos sí creen que el cambio climático es real. Han informado sobre eso, incluso recientemente, pero no tienen capacidad de controlar a un termocéfalo.

¿Tiene algún mínimo de asidero la decisión de Trump de abandonar el Acuerdo de París? ¿Realmente va a ganar su país con esta retirada a los cuarteles de invierno del negacionismo climático? He tratado de buscar el hilo de este disparate, pero no lo encuentro. Lo único que se me ocurre es que el ex inversor inmobiliario ha decidido declararse en guerra contra la ciencia, contra otros países, contra la razón quizás.

Imaginar, por ejemplo, que la economía de EEUU crecerá gracias a que se abandona las Contribuciones Nacionalmente Determinadas (NDC, por sus siglas en inglés, lo que iba a poner cada país para mitigar la emisión de Gases de Efecto Invernadero, los GEI) es extraviado. Podrá hacerlo un tiempo, pero, paulatinamente, puede ir generándose dos dinámicas, que no serán para nada “exitosas”.

Una es que las empresas, y la economía norteamericana en su conjunto, pierdan mercados, eso que tanto les gusta, debido a que el proceso económico mundial, lenta pero inexorablemente, se está moviendo en otra dirección: hacia las energías renovables, hacia negocios más sostenibles, hacia no ignorar la variable ambiental en las inversiones diversas. Claro, de manera muy insuficiente, timorata, pero hacia allá vamos.

Hace unos tres años entrevisté en Quito al economista inglés Nicholas Stern, autor de un Informe, emitido en el 2006, en el que sostiene que el cambio climático provocaría una recesión de hasta el 20% en el PBI global. “Si le demuestras a los empresarios que cuidando la Tierra van a ganar, ellos van a responder”, me dijo. A la luz de lo ocurrido entonces, parece que Trump no es un sagaz empresario.

No la ve, no quiere verla; piensa solo en el corto, cortísimo, plazo. Tal vez solo en sus votantes angustiados y sin trabajo (que también terminarán afectados si el clima se sigue alterando), o en su imperio inmobiliario. No es casual, además, que varias empresas –¡la Exxon Mobil incluida!- le hayan pedido que no se retire del Acuerdo de París. No lo hacen por altruismo, o porque quieren a los guacamayos. Lo hacen por dinero.

Creer que el capitalismo, tal como baila en este tiempo, va a manejar el problema climático es ser demasiado entusiasta. Pero peor es ni siquiera mirar alguna alternativa y tratar de volver a lo de antes, para que “América sea grande”. EEUU ya no puede volver a ser como era, el gran país industrializado, el que hacía gordos y felices a todos con un trabajo que les duraba toda la vida. El que no se enteraba de que la Tierra pasa factura.

Y aquí hay otro problema, severísimo. Bernard Henry Lévy, el conocido filósofo francés, observa en su libro ‘American Vértigo’ (lo leí en un viaje a EEUU justamente) cómo los norteamericanos tienen una relación complicada con la naturaleza. No la someten, la rechazan, dice él, y a la vez la ven como algo, o alguien, que les pone tope a su poder. Por si no bastara, enfrentan, desde siempre, fenómenos naturales intensos.

Entre ellos, huracanes, tornados, inundaciones, sequías, todas manifestaciones que con el cambio climático se pueden agudizar. La memoria turbada del huracán Katrina, del 2004, debió haber gravitado en el imaginario trumpiano, antes de tomar la decisión. Pero no. El mandatario sentenció que “Pittsburg está antes que París”, como si olvidara que todo el territorio estadounidense es climáticamente riesgoso, en varios frentes.

El problema, tal vez, es que no se nota. Es que se cree que eso siempre se manejará y hay que seguir comprando, viviendo y derrochando. La cultura de la moderación, de la sobriedad, es algo difícil de instalar en una parte de la sociedad norteamericana, como ha anotado en varios libros el crítico cultural Morris Berman. Eso es lo que está vendiendo Trump: vive ahora, consume, goza y olvídate del futuro.

El drama es que el futuro peligroso, el de un aumento de la temperatura global de dos grados o más, ya está acá. Los indicios de que el planeta comienza a sentir el golpe de exceso de emisiones no es un cuento, como lo han señalado el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) y la propia NASA. Como lo saben incontables científicos de numerosas  universidades e instituciones norteamericanas, como la National Geographic Society.

Trump parece haberles declarado la guerra a todos ellos, a su propia población, al mundo, y a sí mismo. Porque, finalmente, esta aventura de salirse del limitado pero posible acuerdo, lo descoloca internacionalmente de manera apoteósica. Ya los europeos, con Ángela Merkel a la cabeza, le han dicho que no hay posibilidad de re-negociación, que se sigue adelante, aunque Washington se haya desembarcado.

Papelón lamentable. Digo que me voy, golpeo la mesa, exijo condiciones y no me hacen caso. Inmediatamente, por supuesto, China –la primera emisora de GEI- levanta la voz, dice que ella no se baja de la nave insignia, insinúa que quiere pilotearla, mientras Trump sigue creyendo que su libro “El arte de la negociación” le sirve igual tanto para adueñarse de un hotel como para las negociaciones climáticas delicadas y de alto nivel.

Sí, es cierto, que pasarán tres años para que se haga efectiva la salida de EEUU del Acuerdo de París; también es posible que el mandatario, como ha hecho con otros temas (el caso de Siria, para ir muy cerca), se arrepienta y cambie de posición. Solo que el golpe ya está dado y la mayoría republicana parece contenta con esta bravuconada ambiental. Que probablemente tenga un pésimo saldo para ese partido y el gobierno.

Con todo, se puede respirar alguna esperanza al ver la reacción de Barack Obama, quien sí apostó, con todas sus limitaciones, por entrar al debate climático y decidir. Y sobre todo por los ciudadanos de esa otra América, esa que quiere pensar otra vez, como decía un cartel en la marcha contra la investidura de Trump en Washington. Esa América que sabe que los asuntos del clima no se resuelven en un casino.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

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