quiere algo sostenible

fuente: twitter

El golpe y la furia

El intento de asonada militar en Venezuela pone la situación en una perspectiva todavía más violenta, donde lo cívico, lo político, puede quedar asfixiado

Publicado: 2017-08-06

En la madrugada de hoy domingo 6/8/17 se produjo lo que, dado el dramático trance que vive Venezuela, era tristemente esperable: se produjo un intento de rebelión militar en el estado de Carabobo, más precisamente en el cuartel de Paramacay. El sublevado fue -¿aún es?- el capitán de la Guardia Nacional Bolivariana, Juan Caguaripano. 

Por supuesto, el ex oficial –estaba en la clandestinidad desde el 2014, debido a otro conato de rebelión, y ha sido declarado desertor- dijo, en sus transidas palabras, que no se trataba de un golpe de Estado, sino de una “acción cívica y militar para restablecer el orden constitucional”. Quizás, en esa frase, está el nudo del actual drama llanero.

Venezuela es, prácticamente desde que Chávez llegó al poder (1999), precisamente un gobierno cívico-militar. El chavismo nunca dejó de tener ese ingrediente, evidenciado en los cargos y ventajas que tienen los miembros de las fuerzas del orden, siempre y cuando se declaren rotundamente “bolivarianas”, contra toda tormenta política y social.

Eso ha sido lo que ha puesto en escena Jesús Suárez Chourio, actual Comandante General del Ejército, al declarar aplastada la rebelión armada al lado de varios oficiales que parecían listos para inmolarse en cualquier batalla. Suárez ha hablado de “soldados revolucionarios, bolivarianos”, como si la fuerza armada fuera un apéndice del régimen.

Es así, hace años, y ahora Caguaripano llama a una alianza entre militares y civiles (llamó a que la gente apoye la rebelión acercándose a los cuarteles) para neutralizar esa forma descaminada de ejercer el poder. En otras palabras: golpe de domingo, armado, contra un golpe institucional que lleva ya años, y que ha puesto al país al borde de un pozo.

Cuando Hugo Chávez estaba vivo -y hechizaba sin cansancio a las masas-, cuando el petróleo estaba en alza, cuando la oposición era esencialmente de derecha dura y pura, el esquema se sostenía, andaba entre tumbos, pero no se caía. Hoy, cuando el líder político chavista es magro, desangelado, y cuando la calle arde, el abismo se asoma.

Nicolás Maduro está apostando a volar hacia adelante. Y digo volar porque parece no estar pisando la realidad real. Tiene el marcador en contra, dentro y fuera del país; gobierna un país sin prosperidad apañada por los hidrocarburos; no tiene el arrastre popular suficiente como para cohesionar a la sociedad y empujar un proceso.

Por allí podemos explicarnos el descalabro, la angustia, y este brote insureccional que expresa lo cívico militar apuntando hacia el estallido. La furia ciudadana ha querido ser descifrada por este intento de golpe, por este alzamiento que incluso puede ser acusado de un montaje (es lo que insinúa parte de la oposición), pero que forma parte del drama.

Si bien este parece haber sido neutralizado (Caguaripano, sin embargo, ha escapado con armas), no parece que luego venga la calma, la paz que proclama el chavismo oficial como si pudiera inventar el mundo con palabras. En la atmósfera venezolana, continental y hasta mundial, queda la sensación de que solo fue el comienzo.

El chavismo crítico, que ya tiene representantes incluso en la Asamblea Nacional, ya se dirige a formar un solo bloque con la oposición. Es una junta extraña, antes impensable, pero que surge de lo extremo de la situación; solo se explica cuando todo lo sólido se desvanece en el aire, es posible al avistarse una emergencia política sin horizonte.

Es sorprendente que el chavismo oficial no asuma que está contra la Historia, el tiempo y las calles; es penoso que quiera forzar las coordenadas y pase de ser un movimiento que se decía revolucionario a un régimen que tiene que enfrentar el fragor de los manifestantes, que ya no son pocos ni son los fascistas que el oficialismo quiere ver.

No abrigo un gran entusiasmo por la oposición. Conozco in situ los desvaríos de una parte de ella, pues me tocó presenciar in situ el golpe de Estado de abril del 2002, que sacó a Chávez por unas horas del poder. Recuerdo la necedad con la que se comportaron los líderes de entonces, cómo ejercieron violencia contra todo signo chavista que se moviera.

Pero de eso han pasado 15 años. La oposición ya no es la misma, ha crecido, en tamaño, intensidad y color; y el chavismo tampoco es el mismo, pues paulatinamente se ha convertido en un gremio de intereses disímiles, con un discurso que quiere mantener el mito fundacional, pero que ahora desconoce la propia Constitución de su líder histórico.

Este conato de insurrección es alarmante por varias razones. Entre otras cosas porque no tiene la pinta de ser una farsa, pero a la vez porque saca a la escena pública el malestar de una parte de las fuerzas armadas; le dice a Venezuela y al mundo que las palabras se están agotando y que las armas son el próximo lenguaje para resolver diferencias.

Maduro ha podido, de momento, contener el intento. Pero es más difícil que contenga las demandas de la realidad social, económica y política. Un verbo insistente y grandilocuente (de mucho menos calado que el de Chávez, sin duda), no puede tumbarse el malestar que hoy existe en las propias filas del chavismo original.

La Asamblea Constituyente podrá legislar, crear una institucionalidad que se amolde a este deseo de supervivencia. Aún así, es muy difícil que la gobernabilidad gane terreno, o que todo discurra como si acercara el final feliz de una telenovela. Hay ya demasiada violencia en la escena como para que una epidemia del olvido se imponga sin dolor.

Siempre será posible, y deseable, una negociación. De algún modo se había venido haciendo, en medio de unas tensiones enormes. Pero cuando ya se asoman las balas lo cívico queda un lado y se empodera lo militar; si el golpe se avizora como el camino, la política se disuelve sin remedio, más allá de todo verbo flamígero o conciliador.

Caguaripano todavía debe andar por allí, encarnando ese sentir desesperado, y armado. Los políticos, los que deben resolver esto sin apretar un gatillo, se muestran sorprendidos, algo escandalizados, a pesar de que ellos mismos, por su incapacidad o su tozudez, han llamado al fuego de los disparos, que como sabemos no promete futuro.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

Sobre el mundo, la vida y nuestra especie