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BEN JENNING-THE GUARDIAN

La Casa, nunca tan Blanca

Sobre por qué los ataques de supremacistas blancos en Charlottesville, Virginia, revelan una peligrosa permisividad de Donald Trump frente a un tema tan delicado

Publicado: 2017-08-26

No podría decirse que es una sorpresa, pues desde el comienzo se sabía que Donald Trump no era, precisamente, un devoto de la igualdad, la equidad o el respeto al otro. Ni un hincha ferviente de los derechos civiles. Pero la pasividad que viene mostrando hace unos días frente a la tensión racial en Estados Unidos está desnudando su entraña más indeseable.

La muerte de Heather Heyer, una mujer de 32 años, por acción de Alex Field, un loco supremacista blanco del volante el pasado sábado 12/8 en Charlottesville, Virginia, siembra un aire de discordia preocupante, violenta. Es casi como si la Guerra de Secesión (1861-1865) estuviera por reciclarse en pleno siglo de las redes sociales.

Las señales están allí, en las calles y en la atmósfera cargada. El tumulto desatado en esa pequeña ciudad (45,000 habitantes) fue porque el municipio de la misma decidió sacar una estatua del general Robert E. Lee, el líder de los confederados que, en dicho conflicto armado, condujo a sus tropas a enfrentarse para mantener la vigencia de la esclavitud.

La historia, por supuesto, es más compleja que la lucha entre los esclavistas de Lee y los abolicionistas del general Ulysses Grant. Los primeros, sureños (Texas, Alabama y otros estados) querían separarse y eran agraristas, mientras que los segundos ya entraban en la era industrial y querían mantener la Unión del naciente país a toda costa.

Lo que es indudable, sin embargo, es que la segregación estaba en el medio, era el eje central que promovió el conflicto, y que Lee, aunque lanzó guiños de reconciliación tras ser derrotado (apostaba por superar la herencia de una guerra fratricida), era el ícono de quienes no creían en la igualdad. Creía en la indiscutible preeminencia de los blancos.

Consideraba, incluso, que los sufrimientos de los negros (la esclavitud) era “necesaria para su instrucción como raza”. Era un supremacista blanco, en suma, y a la vez un gran estratega militar, que hasta ahora sirve de referencia para una serie de grupos que, muchos años después, siguen pululando en las entrañas turbadas del poderoso y gran país.

Entre ellos el tenebroso Ku Klux Klan, que justamente surgió luego de esa guerra, y que durante el siglo pasado perpetró más de una matanza de afroamericanos. En los días de los tormentosos de Charlottesville, se le ha visto asomar portando banderas confederadas, las mismas que en su época llevaba el, para ellos, legendario general Lee.

Lo peor de todo, en este revival horrendo de un conflicto armado por cuestiones raciales, han sido las declaraciones de Donald Trump, quien tuvo una zigzagueante reacción ante los hechos: los condenó tibiamente luego de varias horas, luego se mostró más claro contra los supremacistas y después habló de “violencia de los dos lados”.

¿Dónde está entonces el actual presidente norteamericano? ¿En el lado de la intolerancia disfrazada de tolerancia? ¿Es un supremacista blanco encubierto o desatado? Su poca habilidad oratoria parece revelar con facilidad su verdadero rostro humano , que no se muestra gentil con los otros, pero quizás son los hechos los que lo pintan de escandaloso cuerpo entero.

Hace unas horas, cumpliendo una promesa que hizo el miércoles 23/8 en Phoenix, Arizona ante sus fieles, indultó a Joe Arpaio, un sheriff de ese estado caracterizado por su dureza, furibunda, con los inmigrantes latinos. Expresada en ordenar detenciones de indocumentados solamente en base al aspecto (el color de piel) del presunto sospechoso.

Arpaio, un hombre mayor (85 años), tenía una acusación por desacato, que quizás no llevaría a una gran condena y ni siquiera había sido sentenciado. Pero para Trump era un hombre emblemático: lo acompañó en su campaña presidencial y abriga las mismas ideas tremebundas que el actual mandatario sobre los hispanos, el muro y otros delirios.

Júntense las piezas (tibieza anti-supremacista, indulto a un anti-inmigrante rabioso) y se tiene una ecuación con una resultante de alto riesgo: un hombre con ideas racistas en el poder, y diversos grupos supremacistas blancos empoderados gracias a él. Tal como lo ha declarado el mismísimo David Duke, ex líder del Ku Klux Klan y partidario de Trump.

Duke incluso le agradeció por “decir la verdad” de lo ocurrido en Charlottesville, que para él se explicaba por los “terroristas de izquierda”, cuando era claro que quienes ejercieron violencia mortal fueron los supremacistas blancos. Tenemos, en suma, un caldo de cultivo social, político, cultural e histórico muy peligroso y acaso in crescendo.

Ya se sentía en los tiempos de Barack Obama, cuando se suscitaron varios disturbios debido a asesinatos de afroamericanos por parte de la policía. Pero lo que quizás agitó más la paz social fue la infame masacre perpetrada por Dylan Roof, un joven supremacista blanco en junio del 2015, cuando disparó a mansalva contra una iglesia en Charleston (Carolina del Sur).

Esa matanza, que acabó con la vida de 9 afroamericanos, volvió a traer a escena la bandera confederada, esa insignia odiosa que ha vuelto a circular estos días. Por entonces se comenzó a observar que aún flameaba en algunas oficinas estatales; en el hoy, se han comenzado a contar por decenas, sino cientos, los monumentos a los confederados.

¿Qué puede hacer Estados Unidos con todo este odio que late en sus adentros irresueltos? Se creía que la llegada de Obama al poder, por dos períodos, podría enterrar esos fantasmas. Y no ha sido así. Es como si las fuerzas prejuiciosas, potencialmente violentas, supremacistas, solo se hubieran mantenido agazapadas, para finalmente atacar.

Ahora viven un tiempo en el que parecen contar, sino con un amigo sincero, al menos con un líder permisivo en la Casa Blanca. Con alguien que confunde el equilibrio con la cruel realidad, la ideología con la Historia. Puede que Trump no sea exactamente un supremacista, pero su moderación frente a estos desvaríos es escandalosa.

Y sus decisiones, como el indulto a Arpaio, atizan el fuego racial, liberan las fuerzas de la agresividad militante. No sabemos si él lo siente, lo percibe, o no le importa. Como fuere, la primera potencia mundial no puede funcionar, desde el poder con impulsos tan básicos. Como si todavía fuera esclava de sus heridas y de las barbaries del pasado.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

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