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fuente: efe

Jerusalén atormentada

Reconocer a Jerusalén como capital de Israel, por parte de Estados Unidos, es como prender un fósforo en una zona políticamente siempre inflamable.

Publicado: 2017-12-07

La ciudad tiene hermosas calles empedradas, muros vetustos, construcciones que exudan historia, recovecos que activan la reflexión o hasta el delirio. Allí están el Gólgota, el Muro de los Lamentos, el Domo de la Roca, la Ciudad de Vieja, la Fortaleza de Antonia, el Santo Sepulcro, todo eso que para cristianos, judíos y musulmanes es el summum de su fe. 

Sobre ese territorio que hasta provoca síndromes psiquiátricos (el “Síndrome de Jerusálen’, que arroba a algunas personas, y que se caracteriza por un éxtasis religioso desbordado) ha puesto ahora su mano  y su torpeza política el presidente norteamericano Donald Trump. Sobre esa Ciudad Santa ha vuelto a crearle un great problem a America again.

Jerusalén no es cualquier ciudad, no es una villa perdida en los extramuros del olvido para nadie. Tiene un valor espiritual y cultural supremo, un potencial conflictivo milenario, algo que no parece estar en los cálculos de la nueva administración norteamericana al reconocerla como capital de Israel. No por gusto siempre ha sido la piedra ardiente de una posible negociación –a la vista de esto ya ahora casi imposible- entre palestinos e israelíes

Es cierto, las sedes del gobierno israelí están allí (el Parlamento, el Ejecutivo, los tribunales), pero en buena medida por la fuerza, contra la ley internacional. Cuando en 1947, tras el mandato británico posterior al fin de la I Guerra Mundial, la ONU parte el territorio y dispone una parte para un estado árabe y otra para un estado judío, esa, esa ciudad se tomó con pinzas.

Precisamente porque por allí habían pasado los romanos, los persas, Alejandro el Grande, los judíos, los cruzados, Saladino, los turcos. El propio Jesucristo en su momento más transido. O el rey Salomón, cuya sabiduría hoy le haría falta a la Casa Blanca. Por todo eso, se decidió que estaría bajo la administración del organismo internacional, para evitar tumultos.

Los israelíes, sin embargo, con Ben Gurión a la cabeza, ya en 1949 la proclamaron como su capital, mientras Jordania, el reino hachemita, se apoderó poco después de la parte este de la ciudad. En una de las cinco guerras árabes-israelíes, la de los Seis Días (1967), que ganó Israel como siempre (aun cuando no haya ganado nunca la paz, como dijo una vez Shlomo Ben Ami, un ex canciller israelí), el Estado Judío se hizo del control de toda Jerusalén.

Desde entonces se convirtió en un municipio, y en 1980, fue proclamada por el Parlamento israelí como “capital eterna e indivisible” (Ley de Jerusalén). En suma, el status internacional de la ciudad quedó pulverizado por las guerras, por la política aplastante de una potencia ocupante. Tan es así que el Consejo de Seguridad de la ONU, con la obvia abstención de EEUU, emitió la resolución 478 que desconoce ese reconocimiento que ahora Trump le ha dado.

Esa fue la razón por la que paulatinamente todas las embajadas se trasladaron a Tel Aviv, donde incluso está la nuestra. La de Estados Unidos también, que es un pequeño bunker ubicado en el No.71 de 71 Hayarkon Street. Ahora, el díscolo mandatario norteamericano anuncia que va a enviarla a Jerusalén, con lo que probablemente se incendiará la pradera.

Esa decisión -anunciada en campaña por Trump pero, además de ilegal, inviable- ya ha provocado reacciones flamígeras o indignadas, no solo en el mundo árabe. Principalmente porque significa ignorar el Derecho Internacional, desconocer la realidad política de la zona y poner sal en la herida de la población musulmana de Palestina y de todo el mundo.

Es cierto que, ya en 1995, el Parlamento norteamericano había aprobado, con votos de los partidos Demócrata y Republicano, ese reconocimiento. Pero ni Clinton, ni George W. Bush (tan inocultablemente pro israelí), ni menos Obama habían procedido a hacerlo efectivo. Algo de sensatez tenían y, sobre todo, estaban convencidos de que si querían mediar, de alguna manera, en el tozudo conflicto palestino-israelí ese paso no se podía dar, de ningún modo.

Aunque el traslado de la embajada demore años, aun cuando Washington diga que sigue interesado en promover la paz, la piedra está lanzada, con una imprudencia suprema. Para los países árabes, o de mayoría musulmana como Turquía, es no solo ilegal sino ofensivo. Es pasar por encima de la ONU, de una posible negociación que dejaba a la ciudad protegida.

Hamás, el Movimiento de Resistencia Islámica afincado en la franja de Gaza, ya anunció una nueva Intifada (levantamiento popular palestino); Hezbolá, el grupo chií libanés, ha llamado a la “resistencia en todos los niveles”. No sería extraño que en las próximas horas apareciera un comunicado de ISIS sumándose a la hoguera desatada. Porque esta era la decisión que acaso los grupos islamistas radicales estaban esperando para justificar su existencia y fines.

Jerusalén es considerada la tercera ciudad santa del Islam, porque allí Mahoma supuestamente subió a los cielos y se encontró con todos los profetas. Eso habría ocurrido en la famosa Mezquita de Al Aqsa, que está en la explanada del Monte del Templo, un lugar santo más bien para los israelíes. Ahora, Trump dixit, todo eso es de Israel. Si se necesitaba combustible religioso para avivar las llamas de este conflicto, por fin ha llegado.

De allí también, la distancia, furiosa o medida, del resto de la comunidad internacional, incluyendo al Reino Unido, aliado estratégico de Israel. Y de la Unión Europea, que seguramente avista el próximo incendio y cómo esa espiral podría complicarle la vida institucional en medio de una crisis donde tiene que apagar otras hogueras.

Demasiado, míster Trump, demasiado. No se puede jugar con fuego en Oriente Medio. Por más de que sea una promesa de campaña. Por más de que se sienta capaz de controlar cualquier alboroto. Manejar la política exterior norteamericana no es algo similar a administrar hoteles, o a desconocer tratados de comercio porque no le agradan. Detrás de esta decisión están numerosos países, la Historia, la cautela política y, finalmente, la vida angustiosa de miles de palestinos que han sentido esto como una pedrada en la cabeza.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

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