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la ira ciudadana contra el presidente pérez molina en guatemala.. ahora está preso. fuente: prensa libre

El espejo de otros charcos

En Guatemala, Rumania y otros países, la calle también se cansó de la corrupción de los políticos. Cayeron algunos impresentables, pero la lucha continúa

Publicado: 2018-07-14

El 14 de enero del 2012, cerca del mediodía, el general retirado Otto Pérez Molina, que había sido elegido presidente en noviembre del año anterior, dio un solemne discurso en Ciudad de Guatemala, en el que sentenció: “ha llegado el momento de cumplirle a la patria; enfrentemos juntos los rezagos, enfrentemos juntos los retos de nuestro desarrollo, enfrentemos juntos los actos de corrupción como Gobierno…” 

Luego, aún más henchido de civismo, añadió: "Necesitamos de una población que denuncie pero también una población que no corrompa. Compatriotas: muchos de ustedes nos han dicho ‘cuente conmigo’. Yo también quiero participar y poner mi mejor empeño, yo también quiero aportar”. Antes, había hablado de los mayas, de la naturaleza guatemalteca, de un pacto contra el hambre, de Dios bendito.

Unos tres años y medio después, el 2 de septiembre del 2015, Pérez Molina renunció al cargo, tras una aplastante votación en el Congreso que lo desaforó, y su vicepresidenta –Roxana Baldetti- fue detenida. Al día siguiente, el propio mandatario ya estaba en los tribunales y el 4 de septiembre también ingresaba en prisión. Vertiginosamente, mutó de ser una suerte de presidente de la esperanza a convertirse en un reo, debido al laberíntico sistema llamado ‘La Línea’.

En, digamos, líneas generale, se trataba en una red de corrupción creada alrededor de las aduanas guatemaltecas, para que los empresarios importadores evadieran al fisco, o pagaran menos, en un país donde los impuestos servirían para paliar la situación de 3 millones de pobres extremos (sobre una población de 16 millones). Curiosamente en este caso, como ocurre hoy en el Perú, los audios fueron protagonistas del escándalo: en total se grabaron aproximadamente 80 mil.

En algunos de ellos, la Fiscalía General y la Comisión Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) encontraron que funcionarios que eran parte del engranaje se referían a Pérez Molina como “el uno” y a Baldetti como “la dos”, una especie de versión centroamericana de “Señora K” y “la Fuerza No.1”. La tierra de Rigoberta Menchú y Augusto Monterroso, en fin, se asomó al abismo y no porque cuando despertó “la corrupción estaba allí”. Siempre estuvo, en realidad.

Nada de eso, sin embargo, hubiera pasado sin la desatada furia ciudadana. Desde el 25 de abril del 2015, cuando un grupo de jóvenes promovió una primera protesta vía Facebook por el escandaloso estallido del caso, la calle no calló. Familias enteras se lanzaron a manifestarse, incluso con niños; el 25 de agosto del mismo año, hubo un mega-paro nacional, que fue acatado por miles de personas. Finalmente, en septiembre, la caída del presidente fue celebrada masivamente.

una multiitud tomó las calles de guatemala durante varias semanas en el 2015. fuente: lahoragt

Hubo quienes pensaron que nada iba a pasar, pues Guatemala no es precisamente un paradigma de la lucha contra la impunidad, y la prueba palmaria era que recibía apoyo extranjero para eso, vía la CICIG. Pero algo se quebró. Lucía Mendizábal, una de las fundadoras de #RenunciaYa sostuvo, un par de años después, que “las cosas eran inaguantables”. Como son ahora en el Perú, y como también lo fueron, en el 2017, en Rumania, otro país sacudido por la corrupción.

Allí, la ira democrática estalló cuando el 18 de enero del 2017 el ministro de Justicia del casi recién estrenado gobierno del Partido Socialdemócrata (PSD), en alianza con el Partido Demócrata Liberal (PD-L), tomó una decisión errática. Ese día tormentoso, se decidió amnistiar a los condenados a prisión por menos de 5 años, salvo en el caso delitos graves. También se redujo a la mitad la pena para los presos mayores de 60 años y a los que tuvieran niños menores de 5 años. En este caso, incluso si se trataba de delitos graves, o de involucrados en corrupción.

La coladera penal se instalaba y comenzaban a salir de la cárcel numerosos sentenciados de corrupción. Como en Guatemala, la multitud se echó a la calle. La tempestad social hizo que Rumania tuviera tres primeros ministros en poco más de un año: Sorin Grindeanu, Mihail Tudose y Viorica Dancila (que se mantiene en el cargo). Las protestas ciudadanas fueron tan grandes como las que hubo antes de la caída de Nicolae Ceaucescu, en 1989, que terminaron con su ejecución el día de Navidad de ese año. Y en buena medida el conflicto permanece.

Porque aún después de estas movilizaciones, el poder ha insistido en resistirse a la decencia, a la calle y a la mismísima Unión Europea, a la que pertenece Rumania desde el 2007, que ha criticado la ineficaz lucha contra la corrupción. En diciembre del 2017, se aprobaron reformas que le quitaron poderes a la Fiscalía Anticorrupción, en un país mal situado en el ránking de Transparencia Internacional (TI) 2017 (puesto 59, de 180 países). Unos de los peores de Europa en esa materia.

protestas en guatemala en febrero del 2017. fuente: efe

La impunidad es, como vemos, un mal extendido. En todos los rincones del planeta. Se abate sobre Rumania, Brasil, México, Honduras, Grecia, Venezuela (el peor situado de América Latina en este asunto, según TI). Sobre España, donde en junio pasado cayó Mariano Rajoy, el presidente del gobierno, debido a una vieja acusación de corrupción que embarraba a casi todo el Partido Popular, su agrupación. Se trata de un problema global, pero que tiene sus puntos rebeldes.

En la misma Guatemala, después de todo lo sufrido, el actual presidente, Jimmy Morales, que se supone fue elegido para evitar a individuos como Otto Pérez Molina, ha sido acusado de financiamiento ilícito en su campaña. Y hasta intentó expulsar de su país a Iván Velásquez, un magistrado de la CICIG que justamente estaba investigando la forma como se financió Morales. Algunos de sus ministros se resistieron y la Corte de Constitucionalidad emitió un fallo que anuló la decisión.

Todo indica que el poder mafioso no aprende, no recula fácilmente, no renuncia a sus privilegios ni rompe sus tentáculos. En casi todos los países es lo mismo: una telaraña corrupta, una parte del sistema judicial enredado en ella, otra parte que resiste, se enfrenta, gana algunas batallas, pero pierde otras. Y sobre todo una población que se cansa, se enerva, sale a la calle, la toma, le da vuelta, presiona a los poderosos, los hace caer, y tiene que volver a enfrentarlos cuando vuelven.

Mirarnos en esos espejos penosos, ahora que pasamos por este trance escandaloso es útil, da perspectiva. No para desanimarse, sino para saber que siempre es posible luchar contra este virus persistente, a pesar de que la batalla volverá a comenzar y quizás nunca termine. Hacer retroceder a las redes corruptas y demostrarles que no tienen sitio, es un modo de hacer justicia. En los tribunales y en la calle, donde la gente, y los más pobres especialmente, no tienen por qué sufrir la maldición de quienes les roban su dinero y sus derechos.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

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