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Bolsonaro se aproxima al poder en brasil, con todo su paquete tenebroso. fuente: ww.w.duna.cl

La sombra ultra que crece

Jair Bolsonaro se aproxima al poder en Brasil. Su llegada implicaría un riesgo regional y acaso global. No es solo un Donald Trump tropical y lenguaraz.

Publicado: 2018-10-08

El domingo 7 de octubre, mientras Lima cavilaba entre elegir a un alcalde o a un sheriff para gobernar la ciudad, en Brasil, el gigante sudamericano, la potencia regional, un aluvión de votos colocaba a Jair Bolsonaro, el candidato de la derecha más ultra, al borde de alcanzar la presidencia en primera vuelta. No lo logró por un pelo, por un bala acaso (algunos de sus partidarios fueron armados a votar), pero está cerca, muy cerca. 

El 46% de la votación, contra el 28% de Fernando Haddad, el candidato del Partido de los Trabajadores (PT), significa en ese país algo así como la Guerra del Fin del Mundo. Son millones de personas enfebrecidas apoyando a este ex capitán del ejército que tiene todas, toditas, las credenciales para no ser un demócrata por lado alguno: detesta a los homosexuales, desprecia a las mujeres, es devoto de la tortura y alaba a las armas

¡Hasta anuncia que quiere salirse de la ONU!, en un rapto de autarquía contemporánea bastante alucinado y demodé. ¿Qué está pasando en Brasil para que un personaje de este calado arrase en las urnas y provoque una suerte de trance colectivo que lo convierte en el gran exorcista de los males de este tiempo? Ya hemos explorado, en un texto anterior, esos presuntos motivos, pero quizás conviene re-examinarlos al borde del abismo.

Es la decepción con el PT en gran parte, claro, aunque hay más. Si se observa el resultado y los resortes de la elección, aparecen dos factores en ebullición: el giro que ha provocado entre los evangélicos brasileños (22% de la población aproximadamente), esta figura que promete, de manera casi mesiánica, políticas de repelencia contra el enfoque de género y todo lo que, en el imaginario más reaccionario, suena a “izquierda”.

O a “marxismo cultural”, como también se dice por acá. Los fieles de la Iglesia Universal del Reino de Dios, o de la Asamblea de Dios, dos de las grandes iglesias no católicas de Brasil han visto en él a una suerte de purista que los puede salvar de esas supuestas malvadas tentaciones. Hay algo de hipocresía, sin embargo, en esa prédicas, porque antes esos mismos movimientos apoyaron a la mismísima Dilma Rousseff.

Nada santas intenciones de los pastores, o dueños, de estas iglesias rondan en esta cruzada, a la que se han sumado, algo exultantes, los grandes mercados brasileños. La enorme Bolsa de Sao Paulo, tras los profusos votos de Bolsonaro en el primer round, se disparó hacia arriba en 6%, como si también hubiera encontrado al elegido. Como si a la democracia económica se le pudiera extirpar la democracia política sin culpa alguna.

Paulo Guedes, el próximo ministro de Economía si el ex capitán ganara, promete a los extremistas del mercado lo que el propio candidato anuncia para los ultras del conservadurismo social: una especie de paraíso ultraliberal donde el Estado no se meterá para nada en los bussiness, en una ruta que reciclaría la gesta del generalísimo Augusto Pinochet en sus buenos de tiempos de palo, desapariciones y economía abierta.

A lo anterior se agrega, por supuesto, el miedo a la delincuencia, que se ha fundido como un gran puño de votos que cree encontrar en Bolsonaro al gran capitán que acabará, literalmente, con todos los malandros. No importa que sea entregando armas a mansalva, vulnerando las leyes o hasta, como en Filipinas, llamando a linchamientos. El hartazgo ha llevado a la desesperación y allí está la solución a mano sincera y armada.

Todo esto es peligrosísimo y se le endilga a la izquierda brasileña la gran responsabilidad de este juego de la ruleta política. Y la tiene. La corrupción que embarró al PT ha alimentado en buena medida este sentimiento ultra, casi ciego (es impresionante cómo los partidarios de Bolsonaro se niegan a ver sus desvaríos, cuando allí están), que apuesta ahora por este supuesto redentor de la honestidad perdida.

Pero es también la derecha brasileña la que tiene vela en este casi inminente entierro de la democracia. No ha tenido un candidato alternativo, verdaderamente liberal, ha sido también parte de la corrupción, y hasta una parte de ella duda en darle sus votos Haddad, el único que puede salvar el barco de la marea fascista que arrasaría con todos.

El Frankestein político no ha nacido por generación espontánea. Lo ha engendrado la auto-demolición de prácticamente todo el sistema político brasileño, que se ha expresado en estos comicios como un rompecabezas de cientos de pedacitos en el nuevo Congreso, donde no hay mayoría clara. Nadie se salva, comenzando por el PT, pero hoy es un momento en el que, justamente, hay que salvar al país de caer en el despeñadero.

Porque si bien es cierto que Bolsonaro forma parte de esa perniciosa onda expansiva mundial, que ha aterrizado en Estados Unidos con Trump, o en el Reino Unido con el Brexit, o en Alemania con el xenófobo grupo Alternativa por Alemania, en Brasil el peligro es mayor. Los controles institucionales son más febles, muy distintos a los que, por ejemplo, en Washington han logrado contener la impronta del díscolo republicano.

En el gigante sudamericano ha habido varios golpes de Estado, una dictadura más o menos reciente (1964-1985), una presidenta destituida  (2016) a golpe de cierto cargamontón, un presidente actual tan revolcado en la espiral corrupta como el propio PT. Es decir, pocas cosas que puedan atemperar el aura y la probable práctica fascista de la ultraderecha. Pocos mecanismos que, en suma, alejen a la potencia emergente del desastre.

Se dirá que al llegar al poder Bolsonaro no podrá hacer lo que quiere. Y que para ganar en segunda deberá moderar su discurso. Pero ocurre que ganó precisamente con ese discurso, con el verbo incendiario, con amenazas, ya no con promesas. Con un cóctel que fue asumido por sectores medios y altos, aunque también por estratos bajos que lo ven como el superhéroe contra la delincuencia. Todo está alineado para la más peligrosa tormenta perfecta.

¿Qué puede hacer Haddad? Como ha editorializado el diario El País de España, ya no está representando al PT, sino a los sectores democráticos, de un modo similar a como lo hizo Jacques Chirac en el 2002, cuando alrededor de él se juntaron la mayoría de derechas e izquierdas francesas para frenar al cavernario Jean Marie Le Pen. Se trataba de una emergencia.

Para lograrlo, tendrá que pensar cada uno de sus pasos, reconocer el naufragio de su propio partido, hacer alianzas con sus adversarios, mantener su lealtad con Lula pero sin santificarlo. Un laberinto complejísimo, una ruta empedrada, una cruzada que ahora se ve casi imposible. Pero necesaria si no se quiere correr un riesgo mayor, del que luego costará mucho reponerse, salvo que se crea que el fascismo ha dejado una huella histórica benigna en algún lugar del planeta.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

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