el momento del ego

fuente: revista 'noticias'

¿Hasta dónde puede llegar?

Jair Bolsonaro barrió en la segunda vuelta de las elecciones brasileñas. Ha moderado en algo su discurso, pero sus ásperas propuestas persisten.

Publicado: 2018-10-29

Más de 55% por ciento de los votos válidos, fiestas en las calles, carnavales improvisados, banderas verdeamarelas al viento. Brasil ha elegido, de modo claro, a un ultraderechista, misógino, racista. A un devoto de la tortura; a un outsider inventado por la propia población, aunque en rigor no lo sea (ha pasado por siete partidos). A alguien que, por lo visto y oído, los derechos humanos le parecen un asunto prescindible, inútil.

Hay quienes dicen, solícitos, que así es la democracia, que hay que respetar la decisión ciudadana y allí cierran su discurso. Por supuesto, hay que respetarla, asumirla, pero también examinarla, hacerse preguntas de fondo, exigir precisiones. Si la democracia consistiera únicamente en votar, no tendría sentido lamentarse del triunfo de Hitler y sus funestas consecuencias. Si todo acabara ante una sacrosanta urna, entonces Odría, Mubarak o Maduro están salvados por la Historia. Gadafi también organizaba elecciones, y el hijo de Idi Amin, Haji Ali, quiso ser electo alcalde en el 2002.

La democracia comienza con el voto, mas no termina allí, y por eso ahora toca preguntarse qué va a hacer esta suerte de ‘monstruo democrático’, para usar las palabras de Martín Caparrós para referirse a esta ola autoritaria y ultra, que pretende inundar el planeta. O, mejor dicho, qué puede hacer, hasta dónde puede llegar con la fuerza de su verbo ríspido y sus alucinados deseos para que, en clave trumpiana, “Brasil sea como antes”.

Una primera observación importante y al mismo tiempo preocupante: el edificio institucional brasileño no es sólido, es feble. Ha resistido un cambio de gobierno (el de Michel Temer por Dilma Rousseff, en el 2016), pero no es tan granítico como el Capitolio o la Corte Suprema de Justicia norteamericanos. Si Donald Trump no ha cometido barbaridades mayores, hasta ahora, es porque tiene frenos parlamentarios, o porque el propio Pentágono ha neutralizado cualquier exceso que vaya más allá del límite.

Bolsonaro, en cambio, tendrá al frente un Congreso de 513 bancas fragmentado y conformado por cerca de 30 partidos. Su bancada, en la Cámara de Diputados, es de 52, cuatro menos que la del Partido de los Trabajadores, por lo que si quiere pisar el acelerador tendrá que negociar con ese archipiélago que incluso tiene esquinas de opereta. Puede hacerlo, si pone en marcha una estrategia de cooptación de ese tándem de poder que en Brasil llaman “Bala, Buey y Biblia”. Es decir, los que apuestan por la brutalidad para acabar con la seguridad; los que quieren ampliar la frontera agrícola, a todo costo amazónico incluso; y los que ven en Dios la fuente de todos sus prejuicios contra las mujeres o los homosexuales.

Los parlamentarios que lo conforman son de varios partidos, no solo del Partido Social Liberal (PSL, el que se ganó con la candidatura de Bolsonaro), y podrían sumar más de 300 votos, que harían pasar algunas propuestas al Senado, donde tampoco ningún grupo tiene mayoría. Todo dependerá de qué partido se quiera jugar. Acabar con las políticas de enfoque de género, por ejemplo, parece relativamente fácil, porque no es solo la bancada cristiana ultra la que desearía que eso se cancele. La ola ultraconservadora brasileña es grande, sobrepasa al poder evangélico y puede marcar territorio.

La propuesta de limpiar de culpa a los policías que en acción maten presuntos delincuentes (Bolsonaro dijo que habría que condecorarlos) es una que también podría pasar la valla, sin mucha dificultad. Liberalizar el uso de armas entre la población es algo que podría generar más resistencias, aunque como conecta con lo anterior, ya que supuestamente acabaría con la inseguridad, tendría algunas posibilidades de ser bendecida. Podrían venir, entonces, tiempos muy violentos.

La valla principal contra planes de este calado es el Supremo Tribunal Federal, la máxima instancia de justicia brasileña. Ya se ha puesto en guardia porque, claro, su misión es salvaguardar los derechos de las personas, esos que se podrían vulnerar si el ex capitán presidente, y sus aliados, asumen que, digamos, es justificable matar 10 inocentes si entre ellos hay uno o dos culpables. Es posible que en ese territorio se avecinen algunas batallas significativas, que le hagan recordar a la población que los derechos humanos existen.

En materia de Pueblos Indígenas y Medio Ambiente, las perspectivas son desoladoras. Bolsonaro no simpatiza con estas causas, en modo alguno, y hasta anunció que, mismo Trump, sacaría a Brasil del Acuerdo de París para combatir el cambio climático. Luego matizó, pero sigue sobre la mesa su propuesta de reducir ministerios, uno de cuyas víctimas -¡cómo no!- sería el Ministerio del Ambiente, que sería fusionado con el Ministerio de Agricultura. No se ve muy difícil que consiga el apoyo de las tres B para estos fines, que sumirían al gran país en un descrédito global gigante como su territorio.

Brasil sin sus políticas de defensa de sus diversas etnias, sin sus estrategias contra la deforestación, sin su protección a los Pueblos Indígenas en Aislamiento Voluntario, a través del Fundación Nacional del Indio (FUNAI), no es Brasil. Con todos sus errores ((en los gobiernos del PT se impulsó la construcción de hidroeléctricas en la Amazonía), esa estructura procuraba marcar una diferencia. Es un escenario alarmante, aunque posible. Hay poco que haga suponer que, en las huestes de Bolsonaro, haya una mente brillante, un rara avis, que entienda algo de estas cosas.Es más: son asuntos que no estaban en su plan de gobierno. 

No es descartable que, en la floresta amazónica, se desate una ola de indignación y protestas de consecuencias difíciles de anticipar. No es imposible que la Amazonía se convierta en un campo de batalla. No lo deseo, lo temo. Hay mucho en juego allí y ojos muy distintos mirando. 

Ni siquiera en materia económica hay claridad, perspectiva. Paulo Guedes, el anunciado ministro de Economía, es un ultraliberal, de esos que le encantaban a Augusto Pinochet, y por supuesto anhela privatizar varias, o acaso todas, las casi 150 empresas estatales brasileñas, entre ellas Petrobras. Pero, ojo, los militares, que ahora se sentirá en el poder con un ex compañero de armas, históricamente han sido más bien nacionalistas, por lo que quizás allí se generen los primeros desacuerdos al interior del nuevo núcleo de poder. ¿Petrobras vendida a una empresa extranjera? Quizás más de un general diga’Nao’.

No hay que olvidar, por añadidura, que la economía es una ciencia, y una práctica, social. Y que Fernando Haddad sacó el 45% de los votos. Perdió, pero no de manera aplastante. Si se aplica un ultraliberalismo a mansalva, las calles pueden arder. El PT, con sus errores siderales y su participación indigna en la corrupción, puso en marcha grandes programas sociales, amplió los derechos que muchos no querrán perder. Macri no ha podido meter en Argentina los ajustes con aplanadora y es posible que Bolsonaro tampoco pueda. No hay indicios de que el movimiento social se apague raudamente.

Podrá estar golpeado, pero sobrevivirá. De modo que los Sem Terra y otros colectivos ya deben estar pensando cómo resistirán una posible ola que quiera ningunearlos sin medida ni clemencia. Es cierto: hay nostálgicos de la dictadura en Brasil, solo que la sociedad también ha cambiado y hay sectores que se han empoderado, como las mujeres, que fueron uno de los principales bastiones de resistencia contra la marea ultraderechista provocada por este candidato impresentable, insultante, grosero.

Tras su victoria, hemos visto a un Bolsonaro algo más cauto, menos agresivo, hablando de la defensa de la Constitución. Predicando libertad y un Brasil para todos, salvo –no pudo evitarlo- para lo que él cree que fue “el comunismo” invadiendo su país (algo que, por supuesto, solo ocurrió en algunas mentes afiebradas, la de él incluida). Esa pequeña entrelínea sugiere un propósito de exclusión, del PT y sus alrededores se entiende, un deseo que no solo es antidemocrático sino irreal. Si el “gran capitán” pretende partir de esa premisa para volver al pasado (cuál, habría que preguntarle), está comenzando mal el partido.

El PT sigue siendo una fuerza, diezmada pero que aún tiene la bancada más grande de diputados. Tiene un líder histórico preso, que levantando algunas argucias legales podría salir en algún momento (ese trance sí que será histórico, con Bolsonaro en el poder), y puede aglutinar al lado a otras fuerzas que, en el camino, puede que se den cuenta de que asumir la ‘era Bolsonaro’ en su totalidad es un exceso. Un desvarío, que de ningún modo puede ser impuesto con balas, bayonetas o biblias. Aún cuando no pocos bolsonaristas lo desearan.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

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