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tomado de www. ambito.com

La vida (y la muerte) después del Califato

Tras la toma de Baguz, el último territorio controlado por ISIS en Siria, se pronostica el fin de este grupo yihadista armado. ¿Pero es realmente así?

Publicado: 2019-03-25

Presa de cierto entusiasmo, casi exhalando triunfo por los poros, el pasado jueves 21 de marzo Donald Trump anunció que “esa noche” desaparecería el ‘Estado Islámico’ (ISIS, por sus siglas en inglés). Lo hizo en los jardines de la Casa Blanca y mostrando unos mapas, en los cuales el rojo que identificaba al turbulento territorio denominado ‘Califato’ se iba extinguiendo hasta desaparecer. 

Tras una persistente y sangrienta lucha en la ciudad siria de Baguz, en efecto, los dominios de Abu Bakr Al Bagdadí –autoproclamado como el Califa ‘Ibrahim’-, en han sido tomados. Pronto, si es que no ha ocurrido ya, dejará de circular el dinar, la moneda acuñada por este violento movimiento yihadista armado. Ya no existirán ni el Consejo, ni la ‘Hisba’ (policía religiosa), ni el cobro de impuestos.

Sería ingenuo, sin embargo, afirmar que muerto el Califato, muere también el movimiento que lo creó y la ideología que lo sostiene desaparece del mapa. Varios de los miles de prisioneros, hombres o mujeres, capturados en esa y otras ciudades, lo ha dicho o insinuado. Para ellos, no importa que ya no exista el territorio que hacía tangible su utopía, pues el objetivo final sigue allí.

¿Cuál? Ese momento en que la historia se volteará, el instante cuando el Islam volverá a ser grande, como lo fue durante siglos. Si no se comprende eso, de parte de quienes nos consideramos ‘occidentales’, o de los millones de musulmanes que no son extremistas, ISIS seguirá vivo, con este u otro Califa. Y con la misma aspiración a que el mundo dé un dramático vuelco de corte apocalíptico.

Hay que entenderlo, aunque a veces su ejercicio brutal de la violencia nos turbe: esas huestes que pusieron en jaque al planeta durante unos cuatro años -a punta de ejecuciones sumarias, de atentados inmisericordes, o de amenazas en vivo- tiene objetivos políticos. No eran –no son- simplemente una banda de orates, aun cuando varios de sus actos tengan para nosotros una clara carga psicopática.

Tienen un aura milenarista, además. Es decir, buscan “un fin de los tiempos” en el cual la herida que, según ellos, se le profirió al Islam, especialmente en el siglo XX, será curada y este volverá a ser grande, dominante en buena parte del planeta. Por eso se volvió atractivo para musulmanes de diversos lares. ISIS prometía, casi al estilo de Sendero Luminoso, un nuevo ‘Estado’, una nueva realidad.

Y lo consiguió, por un tiempo. En sus momentos más fuertes, llegó a controlar más de 100 mil kilómetros cuadrados y a gobernar a no menos de 10 millones de personas, que encontraron en ellos una estabilidad ausente en las partes tomadas por las guerras civiles de Siria e Irak (también Libia). Con el ingrediente adicional de que, en esa suerte de ‘tierra prometida’ tendrían hasta gobernante propio.

No cualquier autoridad, sino nada menos que un ‘Califa’, es decir alguien que pretender gobernar a toda la ‘Umma’, la comunidad de musulmanes de todo el mundo, algo que no ocurría desde la caída del Imperio Turco Otomano tras la I Guerra Mundial. Desde Occidente todas esto parece extraño, irracional; pero para no pocos musulmanes devotos tuvo y aún tiene sentido, perspectiva.

Especialmente si viven en sociedades que los excluyen. No es casual que una parte del contingente de ISIS haya provenido de migrantes del mundo árabe, sobre todo jóvenes, que no encontraban un lugar en Europa por ejemplo. O de los mismos países árabes que no se sacudían de la resaca que dejó el intento –fallido, al fin de cuentas- de tumbar el poder de autócratas laicos o semi-laicos.

Se olvida con frecuencia que la presencia de un Mubarak en Egipto, de un Gadafi en Libia, o de un Ben Alí en Túnez respondían al deseo –alentado en parte por algunas potencias occidentales- de reprimir al islamismo político. En ese fermento tenso, esa corriente interesada en tener poder desde la religión, generó esquinas extremistas que alimentaron el nacimiento de grupos como Al Qaeda.

Países como Estados Unidos quisieron posicionarse en el mundo árabe mediante esos autócratas, con lo que se causó más heridas en el Islam.  Por si no bastara, pretender solucionar conflictos, como el iraquí o el sirio (o años atrás el de Afganistán, al ser invadido por la URSS), invadiendo países o alimentando oposiciones a gobiernos 'enemigos' desató consecuencias imprevisibles. 

Arrasar Irak en el 2003 hizo que Al Qaeda entrara como una tromba a guerrear en desierto revuelto. Luego se trasladó a Siria, donde, a través de una serie de metamorfosis, se fue gestando lo que finalmente se conoció como Islamic State of Siria and Irak (ISIS). En el 2014 se proclamó el Califato y nuevamente se sacudieron las apresuradas certezas sobre el 'fin de la historia'.

Esa tierra, en el imaginario de los yihadistas armados era el símbolo del renacimiento. Quizás aún lo es, porque se ha perdido hoy, pero en su imaginario no para siempre. También Al Qaeda quiere el Califato, pero la diferencia central es que ISIS lo hizo, no esperó. Clavó sus banderas, sus leyes, su estrategia de combate. Y comenzó a llamar a los musulmanes a sumarse a esa causa.

El Califa, de acuerdo a esta versión del Islam tenía que hacer la yihad (yihad significa ‘esfuerzo’ en árabe, lo que en esta lógica puede significar batalla) para expandir sus territorios, cosa que logró por unos cuatro años. Ahora, el territorio se ha perdido, pero el objetivo final no. La aspiración milenaria vive en los miembros de ISIS que siguen libres, o en los que están en prisión.

Lo que puede pasar es que este movimiento terrorista aplique la táctica de guerrillas, o que arrecie con atentados en Siria e Irak, o incluso en los propios territorios de los países que conforman la coalición que los atacó (74 en total). Para la mayoría de sus integrantes la guerra no ha terminado, solo ha pasado a otra etapa. Por eso, se viene un tiempo en el que no conviene no bajar la guardia.

Se hicieron vulnerables porque estaban en un territorio definido, fácil de identificar para un ataque. Ahora andarán por varios lados, sumergidos en la oscuridad o en territorios que conocen. Se apresura Trump cuando dice que ISIS ha desaparecido. Es el Califato el que se ha disuelto, no el proyecto a largo plazo de estos yihadistas, que además tienen aliados en otras partes del planeta.

Por lo tanto, podemos respirar un poco. Sentir que se acabó parte del problema. Mas de ningún modo concluir que este conflicto, que no es solo militar - sino sobre todo ideológico, cultural, político- se ha esfumado por siempre jamás. Por desgracia, las semillas históricas del resentimiento siguen rondando por allí, listas para encarnarse en otro plan con afanes infinitos.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

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