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FUENTE: AGENCIA EFE

Dorian y el ojo de un gran problema

¿Qué tiene que ver la espantosa destrucción que ha dejado un huracán en Las Bahamas con los incendios en la Amazonía y con el marasmo de la clase política?

Publicado: 2019-09-09

Casas arrasadas, campos devastados, calles borradas del mapa, centenares de árboles tumbados, restos de presencia humana como ropa, víveres desparramados, juguetes sin destino, escobas inútiles. La devastación, brutal y aún incalculable, que ha dejado el huracán Dorian a su paso por Las Bahamas es algo descorazonador, que clava pena en el alma (ni siquiera se sabe cuántas personas han muerto), y a la vez llama a la inquietud. 

Más de un científico o científica ha declarado en los días posteriores a la tragedia que hay continuas señales de que la intensidad de los huracanes está aumentando, debido al cambio climático. No se observa una mayor frecuencia de estos fenómenos, pero sí una fuerza y una lentitud en su desplazamiento, tal como ocurrió cuando Dorian pasó por esta isla otrora feliz y turística, pero que ahora se ha convertido en el epicentro de las desgracias caribeñas.

Los reportes desde Nassau, la capital, y  de otros lugares de este país que forma parte de la  Commonwealth (Mancomunidad de Naciones ligadas al Reino Unido), dan cuenta de es extraña ralentización del fenómeno, que ya había ocurrido antes, solo que ahora se hizo más tangible y mortal. Imaginen unos vientos de cerca de 300 kilómetros por hora, que llegan, pero que no se van rápido, que destruyen, que son desesperantes e inacabables.

Hace unos años, recuerdo haber hablado en Belo Horizonte, Brasil, con el científico francés Michel Jarraud, entonces Secretario General de la Organización Meteorológica Mundial (WMO, por sus siglas en inglés), el organismo de la ONU encargado de alertar sobre los peligros relacionados con el tiempo, el clima y el agua. En su inglés casi británico, me comentó lo que estamos viendo: “los huracanes podrían volverse más fuertes”.

Aunque como buen devoto de la ciencia usó el condicional y agregó que -de momento- había constantes indicios que sugerían eso, lo que acaba de pasar en Las Bahamas, y lo que ocurrió hace dos años en Puerto Rico, cuando pasó con furia el huracán María me trae el eco de sus palabras. También el momento en que dijo que era cierto que el Perú era un país muy vulnerable al cambio climático, ese fenómeno irreversible.

Coincidentemente, este pasado fin de semana hubo vientos, que fueron descritos como ‘huracanados’, en Iquitos(hasta de 85 kilómetros por hora en esta capital, lo que movilizó a Defensa Civil), e incluso en Lima, donde se cayeron algunos árboles y letreros. Para pena de los apocalípticos o tremendistas, no parece haber una relación alguna entre los huracanes de El Caribe, aunque sí una constatación: el clima está extraño.

Hay vientos inusuales, sequías desoladoras, heladas fuera de tiempo, deshielos en las cordilleras a ritmo galopante. Y, como estamos viendo, huracanes más intensos, lentos en su llegada, mortíferos en sus efectos. El desastre, como sabemos, es siempre social, no natural, como se cacarea en nuestro país y en prácticamente todo el planeta. Cuando las sociedades no están preparadas, y tienen magros sistemas de prevención, son más quebradizas.

Y cuando estallan incendios provocados por la acción humana, como los ocurridos recientemente en la Amazonía, que en una enorme medida son consecuencia de la deforestación previa, también. Todo se junta para volvernos más vulnerables, y se agrava si, sobre el desastre consumado, o a pesar de las continuas advertencias, las élites políticas nacionales y globales reaccionan tardíamente, o incluso niegan los riesgos.

Donald Trump se ha mostrado su preocupación por Dorian, ha mandado ayuda a Las Bahamas y tomó las previsiones del caso en el territorio estadounidense, por donde también pasó este huracán (no pudo evitar, sin embargo, hace un ridículo más al lanzar predicciones que no se cumplieron). Pero es un negacionista climático, alguien que, como Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil, cree que el cambio climático es un truco.

Así, estamos en un tiempo donde los eventos extremos se hacen más frecuentes y causan destrucción, pobreza y miles de muertes prematuras. Pero en parte del ecosistema político mundial tenemos a los Trumps, los Bolsonaros, a los Johnson (el Primer Ministro británico también tiene nexos con los negacionistas climáticos), o a los Santiagos Abascal (el líder de la ultraderecha española es de los que cree que se trata de un invento.

Penoso, preocupante, alarmante. Sublevante. Cuando las evidencias de que el clima está alterado crecen (sólo hay que ver el V Informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, y otros informes, entre ellos los de la NASA), no sólo no se termina de hacer el link entre la política y el medio ambiente, sino que se rechaza –en ocasiones con ignorante furia- esa posibilidad. Hay políticas y líderes tóxicos para el clima global.

Desde la sociedad, no obstante, emerge la esperanza. El movimiento Fridays For Future, liderado por la joven sueca Greta Thumberg, está lanzando desde la juventud –como tantas veces en la historia- una alerta que comienza a sacudir la inoperancia de las élites. Hace poco, en La Mostra de Venecia, el señero festival de Cine esta ciudad italiana, varios activistas han irrumpido para agitar la preocupación por la crisis climático.

Los ha apoyado el mismísimo Mick Jagger, esa rockero legendario y añejo, quien ha criticado abiertamente las políticas ambientales trumpianas (o no políticas, más bien, y ha apoyado a los manifestantes. Lo siento por los negacionistas climáticos, ya nadie los salva. Ni el cine, ni el rock, ni la ciencia. Menos las calles. Los presidentes que se han puesto en el sótano de la Historia, que está próximo al basurero, tienen que asimilarlo.

En medio de la tragedia caribeña, desde territorio colombiano, llegó también este fin de semana la noticia de que siete presidentes sudamericanos habían suscrito un ‘Pacto de Leticia’, para conservar la Amazonía, acaso asustados por el humo, político y ambiental, que desataron los recientes incendios. Se han comprometido a tener un sistema de alerta temprana para estos, a cuidar la biodiversidad, a cooperar frente a los desastres, aunque también hubo desacuerdos.

No estuvo Venezuela, empero, que al igual que Colombia, Brasil, Bolivia, Surinam, Guyana, Perú y Ecuador también es un país amazónico. Se entiende la indignación que provoca el régimen de Nicolás Maduro, aunque habría que preguntarse qué se gana restando a un cooperante en tan magna tarea. Cuando se producen tragedias ambientales, o sísmicas, las barreras sociales se caen; pero parece que en este caso las políticas se mantienen firmes a pesar del peligro.

¿Esperaremos otro huracán monstruoso para cambiar el chip y vertebrar las variables ambientales en los procesos políticos? ¿Tendrá que haber una tragedia ambiental en Venezuela para que haya una negociación? ¿Qué tiene que pasar en el mundo para que asumamos que estamos en un ‘Nuevo Régimen Climático’, como ha advertido el filósofo francés Bruno Latour, es decir en unas nuevas coordenadas que deberían sacudir la cultura, la política, la sociedad?

Mientras lo pensamos, el próximo huracán furibundo se aproxima, alguien más prenderá un fósforo en la Chiquitanía boliviana, o un cazador furtivo se cebará con una especie en peligro. O, peor aún, algún político extraviado seguirá proclamando que el cambio climático es una exageración, algo que no está probado, un invento incluso, sin darse cuenta de que estamos en el ojo ciclónico de un enorme y tormentoso problema.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

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