la mafia no descansa

fuente: encia efe

¿Arde América Latina?

Las protestas en Chile no paran y aún hay bombas de tiempo en Ecuador, Bolivia y otros países. No se ve en el horizonte a alguien capaz de apagar estos incendios

Publicado: 2019-10-28

Ayer por la tarde, una parte del Centro de Santiago estaba ardiendo y se veían barricadas y disturbios, como si los chilenos vivieran en tiempos de una dictadura que no se quiere ir. Como si el cambio de gabinete anunciado ayer mismo por el presidente Sebastián Piñera no hubiera tenido efecto alguno. Como si, finalmente, la calle clamara que entre la clase política y ella existe un abismo insalvable. 

No hay una dictadura en Chile, por supuesto. El gobierno actual fue elegido limpiamente, hasta con entusiasmo si se quiere, pero hoy parece no entender que hay algo se ha acabado: el consenso de que esa forma de gobernar, de proveer a los chilenos un modelo de economía, de sociedad, ya no da más. O por lo menos muestra severas limitaciones que hoy encienden las furias.

En ese sentido, tal vez Piñera no entiende que insistir en más de lo mismo tiene el sabor casi de una imposición. Podría decirse que es percibido como una dictadura del modelo, una suerte de autocracia económica que se resiste a salir del poder, porque estuvo allí durante años, incluso en los gobiernos chilenos rotulados como de centro-izquierda. Mientras brindaba modernidad, buenos servicios, consumo, pero a la vez una brutal desigualdad.

No soy de los que cree que esa arquitectura económica deba ser extirpada de raíz, tumbada, aplastada en nombre de un cambio de rumbo hasta ahora no definido. Tuvo sus logros, como reducir la pobreza a menos del 10%. Hizo de Chile un país ordenado, con macroeconomía saludable, limpio en sus calles, de actitud industriosa. ¿Pero qué hacer cuando descubres que ese edificio tiene hondas grietas?

¿De qué modo justificas unas políticas que hacen que el 10% de la población más rica gane 26 veces más que el 10% más pobre? ¿O que puedas caer socialmente tan rápido como ascendiste? ¿Tiene coherencia una sociedad donde cerca del 50% de la población gana poco más del sueldo mínimo, que aunque es alto para la región (más de 400 dólares), no alcanza? ¿Para qué sirve consumir y consumir si vivirás hipotecado en el presente y el futuro?

Está en crisis no sólo un modelo económico, sino una forma de vivir. Una propuesta, digamos, existencial, que te sugiere que tus días, tu felicidad acaso, puede consistir en tener autos, comprar ropa de marca, ir al mall de la esquina (porque los hay en todos lados), aunque estudiar te deje tuerto y horade tu bolsillo. Todo eso, mientras la desigualdad, ese karma endémico e indómito de América Latina, sale del subsuelo.

He visto en estos días, de manera sistemática, varios programas de TV chilenos y me ha sorprendido ver cómo el tema ha entrado en el debate público con una fuerza inusitada. Hay sesiones mediáticas de casi auto-flagelación, con lágrimas incluidas, que reconocen que ése, ése es el problema, y no otro, más allá de que algunos ultra devotos de la ultra liberalización piensen, y digan, que no es así, a pesar de que las cifras los callan.

Es un problema de la región, por supuesto, que acaso sintomáticamente ha saltado en aquel país tenido como ejemplo. A mí no me ha parecido casual que sea así, sino más bien lógico. En mayor o menor medida, casi todos los países latinoamericanos intentaban copiar a Chile. En nuestro país era casi un tic que se decía más o menos con estas palabras “sí, porque en Chile, esto no sucede”, “porque Chile nos lleva años”.

Resulta que por allí precisamente hizo agua esa política, esa economía, que al final segrega al ciudadano, que lo somete prácticamente a vivir para una minoría. Con mucha razón, hay quienes en estos días han dicho, o escrito, que los propios chilenos que hoy protestan fueron parte del problema, porque aceptaron el juego. En este hermano país hoy convulsionado, aunque a la vez en los otros países que seguíamos el catecismo.

Lo ocurrido en Ecuador, por ejemplo, también tiene el signo de la inequidad a la bruta. Lenín Moreno, en un rapto de ceguera política algo similar al de Sebastián Piñera, decretó hace unas semanas un alza de los combustibles durísima, que disparó en 120 % el aumento del diesel, el combustible que usan los camiones, los buses, el transporte público. Es decir, tiró el bulto más pesado sobre los que menos tienen.

En Honduras, entretanto, también hay en estos momentos una gran ola de protestas que pide la renuncia del presidente Juan Orlando Hernández, acusado de haber sido financiado por el narcotráfico. Y en Haití, esa esquina olvidada de América Latina, ya son 30 los muertos como resultado de las manifestaciones que exigen la salida de mandatario Jovenel Moise. ¿Qué unen a Chile y estos dos países sumidos en el caos?

“Es la desigualdad, estúpido”, como sentenció hace poco el ex vice canciller argentino Andrés Cisneros al comentar la crisis chilena y parafraseando un lema de campaña del presidente Bill Clinton en 1992. Según un informe del Banco Mundial de julio del 2008, entre los 10 países más desiguales del mundo, medidos con el índice Gini (donde 0 es menos desigual y 10 más desigual), hay nada menos que ocho latinoamericanos.

Entre ellos Haití, Honduras y Chile, además de Panamá, Brasil, Colombia, Costa Rica y México. Chile está en el puesto No.7, con un índice de 0.50. Peor aún: un informe de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), también del 2008, indica que si esa desigualdad se midiera por la propiedad de activos, y no sólo por la distribución del ingreso, el índice subiría a 0.72. ¿Hay que sorprenderse de la furia desatada?

Por si no bastara, al karma de la desigualdad se suma la profunda, sideral, desconexión política de las clases dirigentes con la mayor parte de la población. El estallido de protestas en Bolivia, un país al que no le ha ido nada mal económicamente, se ha debido a la testarudez política del presidente Evo Morales. Que, primero, ignora los resultados de un referéndum que le dijo ‘No’ a sus intentos de reelección, en el 2016.

Y que ahora se mete en un inútil torbellino al forzar una re-elección puesta duda por la sospechosa paralización de los resultados cuando ya se anunciaba una segunda vuelta entre él y su contrincante, el ex presidente Carlos Mesa. ¿Qué busca con esa obstinación por quedarse en el poder? ¿No se da cuenta de que ahora sí comienza a parecerse mucho más  al desastroso Nicolás Maduro, algo de lo que se había librado antes relativamente?

En Chile, votó cerca del 40% de la población en las últimas elecciones, de modo que no se puede decir que Piñera goza de amplísima legitimidad. En Bolivia, el voto es obligatorio, pero con esta saga de torpezas Morales está sembrando su ilegitimidad para el presente y el futuro. En Honduras, el presidente Hernández, hoy arrinconado por las protestas, llegó al poder mediante unos comicios que la OEA pidió que se repitieran.

En suma, escasa legitimidad de la clase política y cuasi desprecio por la inequidad social, como si no fuera un tema de urgencia. Para no hablar de la corrupción, un cáncer que avanza en medio de estos otros dos males fermentándolos, como si encima de que no se respondiera a las demandas ciudadanas las élites políticas cayeran sobre el Estado viéndolo como un botín. Y las élites económicas las acompañaran en la magna tarea.

Ese incendio horrendo de ayer en Santiago, condenable moralmente sin duda, es quizás la metáfora triste de la incineración de la paciencia. Las manifestaciones en Chile, en Ecuador (donde los indígenas son protagonistas), en Honduras, en Haití apuntan a retratar el hartazgo ciudadano, el cansancio de vivir bajo el peso macizo de la inequidad. Y al mismo tiempo la sensación de que la política de hoy ya no descifra el sentir de los ninguneados.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

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