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FUENTE: REUTERS

Bolivia entre sugerencias y turbulencias

Bolivia tiene nueva presidenta, pero no tiene tranquilidad. Diversos ingredientes han provocado esta situación de pronóstico aún reservadísimo.

Publicado: 2019-11-13

Al cierre de estas líneas, Jeanine Áñez había sido proclamada (sin quórum en el Congreso) presidenta de Bolivia, Evo Morales estaba en México, sus partidarios en la calle, y las Fuerzas Armadas y la Policía intentaba controlar el orden público no precisamente con sugerencias. No se sabe cuándo van a ser las nuevas elecciones, ya anunciadas por Morales y por Áñez. No se sabe cuándo terminará la tormenta. Ni cuándo, por casualidad, asomará algo parecido al consenso.  

La situación boliviana desafía la imaginación, la ética, el sentido común. Invita fácilmente a poner las neuronas en blanco y negro, a dividir el mundo entre buenos y malos, entre rápidos y furiosos. O hasta a creer que hay muertos justos e injustos. Para unos, destrozar la casa de Morales en Cochabamba no parece tan trágico como incendiar la casa de un opositor en La Paz; para otros, agredir con palos a quienes protestan es parte de la resistencia, de la revolución

Bolivia tiene una larguísima historia de turbulencias políticas, en ocasiones muy sangrientas, de modo que quizás estamos siendo testigos de un capítulo más . En 1946, el presidente Gualberto Villaroel, un militar reformista, fue sacado violentamente de su oficina en el Palacio Quemado de La Paz, arrastrado, victimado a golpes y colgado de un árbol en la Plaza Murillo (la que está frente al Palacio). En 1952, hubo una revolución armada que tomó el poder, que hizo que parte de los militares se rebelaran y que desembocó en la toma del poder.

Ese movimiento dio origen al Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), que fue coherente con ese nombre por unos años, a trompicones, pero que hacia fin de siglo tuvo un presidente con acento gringo que impuso políticas de gobierno ultraliberales. Fue Gonzalo Sánchez de Lozada, 'Goñi', ese personaje al que precisamente Evo Morales combatía, al punto que alentó a la calle para que salga del poder en el 2003. Hoy Carlos Mesa, el vicepresidente de Goñi y quien lo reemplazó, es el contrincante de Morales. El drama parece repetirse, con dos de los mismos actores de entonces, y con otros ingredientes explosivos.

Bolivia no tiene estabilidad política, y social, desde que se fundó como República, y por eso ha tenido numerosos golpes y hasta seis presidentes en un aciago día de octubre de 1970. Morales fue el presidente más estable de los últimos años, a pesar de los raptos autoritarios que le permitieron atornillarse en el poder. Fue el mandatario que bajó la pobreza, aminoró la brutal inequidad y reivindicó el rostro social de un país cuyas clases dirigentes trataban a los indígenas con desprecio.

Él no es un indígena, precisamente, sino un sindicalista cocalero de raíces indígenas, pero, hábil como es, interpretó el hartazgo de la segregación y lo puso en su mochila de campaña. Le fue bien por unos años pero, desde el 2010 aproximadamente, se malquistó con una parte de los indígenas bolivianos por querer hacer carreteras que vulneraban ecosistemas. O simplemente por perder la brújula política con los pueblos originarios, un clásico de la política regional.

Si se quiere mirar el presente con calma, no se puede ignorar ese factor, ya que en medio del tumulto ese aire racista algo dormido ha despertado. Personajes como Luis Fernando ‘el macho’ Camacho (su apelativo habla a las claras de su talante) han promovido la quema de la whipala, la bandera indígena, y han dicho que Bolivia ya no será de la Pachamama sino de Cristo, con lo que le da un aire de cruzada a su propósito de tumbar a Morales. La lucha entre collas (del Altiplano) y cambas (de la zona de Santa Cruz) puede llegar a un macabro esplendor.

Morales ha hecho méritos para volverse indigerible para una parte importante de los bolivianos, no sólo clasemedieros: no aceptó los resultados del referéndum del 27 de febrero del 2017, en el que se consultó si podía presentarse una vez más. Tras perder, presentó un recurso al Tribunal Constitucional para poder presentarse. Lo logró, increíblemente, porque se dijo que no se le podía “recortar sus derechos” y porque, como buen caudillo, había logrado influir en las instituciones.

Ya no era solo un presidente que saltó de la calle al Palacio Quemado. Era alguien auto-convencido de que era indispensable, alguien que no dejó un heredero político de peso, y que consideró que si no estaba ningún proceso de cambio continuaría. Después de él, el diluvio, aun cuando Carlos Mesa, su contrincante en esta elección disuelta no tenía un programa que iba a voltear radicalmente la tortilla.

Luego vino el día de la misteriosa suspensión de votos, su auto-proclamación como presidente y la convocatoria a la OEA para que haga un monitoreo de las elecciones. ¿En qué cabeza de estadista entra una estrategia tan díscola, tan extraviada? ¿No imaginaba acaso que el organismo, con formas elegantes y estadísticas, iba a determinar que los comicios fueron altamente irregulares?

Y en el medio la violencia. De sus partidarios y de fanáticos como Camacho y sus seguidores, que no conocen la palabra diálogo, que creen que la política es todo o nada, que han expatriado de su verbo y su práctica la negociación. Una vez que se entra en el torbellino de creer que hay violencias buenas y malas, o en la fe de que mis pecados no existen y solo existen los de los otros, el fondo se hace más hondo, la palabra se esfuma y hablan las maldiciones, los ataques, los golpes...

¿Dije ‘golpes’? Los militares salieron a sugerirle al presidente que renunciara, como si fueran miembros de un comité de abogados y no tuvieran tropas y armas de aire, lago y tierra. No se auparon en el poder, es cierto, pero su actuación política fue alucinante y deliberante. Pueden argumentar que buscaban la calma social, el cese del enfrentamiento. Pero no es lo mismo decirlo desde una curul, desde un púlpito, que desde el marcial uniforme. Desde un cuartel y con la plana mayor.

Presentaron la ‘sugerencia’ además, cuando ya Morales había anunciado –nebulosamente si se quiere-nuevas elecciones y otros actores, con lo que entreabrió la puerta para una negociación. Mesa podría haber aceptado la propuesta si el porfiado mandatario no se presentaba. Había una pequeña luz al pie del Illimani, pero como ha señalado el colega Francesco Manetto de El País, los militares voltearon la ecuación. Sugirieron al país que el consenso no era posible.

Todo pudo haber terminado si Morales confirmaba que no se presentaba como candidato, si la oposición aceptaba las nuevas elecciones con esa condición. Si todos se calmaban un poco y, realmente, pensaban en la estabilidad social y no en sus pasiones, pulsiones e ilusiones. Pero no. La oposición bailó al ritmo que le puso Camacho, lo que implicaba perder la cabeza pidiendo la cabeza de todos, como si eso gestara un remanso democrático que nunca existió. Y las masas del MAS, a su vez, entraron prácticamente en literal pie de guerra.

Tal vez tenía lógica todo eso. Luego de la sugerencia militar, todos se sintieron con derecho a sugerir, ásperamente, qué es lo que querían.Una vez que apareció en escena la posibilidad de que quienes tienen las armas legales, la Policía y las FFAA, las usaran para fines distintos a la defensa territorial, ¿por qué no las podían usar las huestes que imaginaban, cada una a su estilo, su propio país? Si no fue un golpe de Estado clásico, por lo menos fue un golpe a la política entendida como el arte de la negociación. Ya no dialogo, ni negocio. Sugiero que te vayas, ¿okey?

Ahora está en el Palacio Quemado, como presidenta, la senadora Áñez, Biblia en mano y con un currículum de tuits impresentables. Camacho debe estar feliz, Mesa aliviado y a la vez desconcertado, y Morales respirando aires mexicanos y destilando un verbo victimista, que no está a la altura de la magnitud de la tormenta. La calles, entretanto sigue ardiendo y el barrio latinoamericano está en vilo. Porque no se entiende bien lo que pasa, pero también porque en el fin del gobierno del MAS se ha filtrado un aire de cruzada evangélica.

¿Cómo hay que recordarles a las derechas que Morales no destrozó la economía boliviana y que hasta el FMI lo felicitó? ¿Cómo explicarle a los entusiastas del momento que la parte más extremista de la oposición parece haber tomado las riendas y acaso el látigo? ¿Cómo decirle a las izquierdas que Morales no es un elegido, ni está impoluto, ni es inocente de haber sacudido el tablero democrático? ¿Cómo llamar a los bolivianos a que tomen agua de ruda y no se pongan rudos?

Sugiero que no lo intenten. Si lo que ahora proponen los nuevos gobernantes es rezar, háganlo. Porque parece que sólo un milagro, de los Apus o de cualquier Cristo sorprendido, puede salvar a Bolivia de más turbulencias. Y mejor no se demoren, porque si no puede venir un nuevo general a hacerles otras sugerencias.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

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