Yo me quedo en casa

fuente: afp/getty images

Oriente Medio al rojo bélico

La muerte del jefe militar iraní Qasem Soleimani, por una acción militar norteamericana, enciende todas las alertas. ¿Hasta dónde puede llegar el estallido?

Publicado: 2020-01-03

La vieja rencilla entre Estados Unidos e Irán, que nunca ha parado desde que en 1979 triunfara la revolución islámica, ha llegado –ahora sí- a un punto peligrosísimo, a un terreno literalmente explosivo: misiles norteamericanos, disparados desde escurridizos drones, han victimado a un personaje que es, en los hechos y en las calles, prácticamente el segundo del régimen de Teherán, detrás del ayatolá Alí Jamenei. 

Nada menos. Qasem Soleimani, el jefe militar que murió en un auto que quedó pulverizado por la explosión, era el jefe de Al Quds (‘Jerusalén’ en árabe), una fuerza con la que Irán procura influir en Oriente Medio mediante operaciones encubiertas. Una milicia que apoya a otras milicias en el Líbano, en Irak, en Siria, en Palestina, en todos los lugares en los cuales el poder chií quiere y necesita imponerse.

Es una fuerza militar para operaciones en el exterior, sin la cual Irán no sería lo que es: un país poderoso, con riqueza petrolera, que pelea con Arabia Saudita -que es más bien suní- la primacía en esa tormentosa región. Al Quds apoya a la milicia chií libanesa a Hezbolá, a grupos también chiís en Irak (donde cerca del 60% de la población es de esa rama del Islam), incluso a Hamás, el movimiento integrista suní que controla la franja de Gaza.

Por si no bastara, Solemaini -un gran estratega militar según lo reconocen hasta sus propios adversarios- organizó milicias al interior de Siria e Irak para que resistieran y rechazaran al ‘Estado Islámico’ (ISIS, por sus siglas en inglés). Eso le ayudó a Bachir al Assad, el autócrata sirio, a sostenerse en el poder, al punto que está a punto de ganar la guerra civil. No era, para nada, un personaje borroso e irrelevante, sino todo lo contrario.

Es a ese militar, considerado además un héroe de guerra en Irán, al que han matado los drones de Donald Trump en un acto, hasta cierto punto inexplicable y cuyas consecuencias en todo Oriente Medio podían ser desastrosas. Como ha sentenciado Joe Biden, el ex vicepresidente de Barack Obama y potencial rival del republicano en las presidenciales, el acto consumado ha sido una suerte de “declaración de guerra”.

Es decir, el fósforo que faltaba para hacer estallar la paciencia de los ayatolás, que ya andaban en pie de guerra verbal luego de que, en el 2018, Estados Unidos -por otra decisión aventurada de Trump- decidió salirse del Acuerdo Nuclear que se había logrado con Irán en el 2016. El díscolo presidente primero destrozó ese tratado, que había costado meses construir, a punta de hilar fino entre las potencias nucleares, y hoy suelta esta bomba.

¿Por qué hace esto Trump? La primera explicación que hay a la mano es la aplicación del viejo y penoso truco de agitar el avispero internacional tomando una decisión arriesgada, cuando adentro las hamburguesas se queman. El mandatario se aproxima a un juicio político, que pone en riesgo su permanencia en el cargo, y también está iniciando una campaña electoral a la que va con posibilidades de ser reelegido.

Como Irán ha prometido responder –y muy probablemente lo hará porque sino los ayatolás quedarían como unos timoratos frente a sus propios ciudadanos-, el siguiente capítulo puede ser que la peligrosa acción se produzca y se agite el patriotismo norteamericano a niveles oportunísimos para Trump. Bill Clinton atacó Serbia cuando estaba con el impeachment encima, y en cierto modo eso le dio un respiro para sortearlo.

Pero una cosa es atacar a un desprestigiado Slobodan Milosevic en 1999, con apoyo de la OTAN, y otra muy distinta matar a un militar iraní en territorio iraquí. En ambos casos no se contó con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, aunque en el primer caso varias naciones se plegaron al ataque. Ahora, Estados Unidos ha actuado solo, sin el apoyo de nadie, para un asesinato selectivo que puede encender la pradera musulmana.

Tan imprudente ha sido la acción que ninguno de sus aliados habituales, incluyendo al Reino Unido, ha salido a respaldarlo, sabedores acaso de lo que esto puede ocasionar. Sólo Benjamín Netanyahu, el primer ministro israelí, que tiene contra Irán la misma inquina que exhibe Trump ha justificado la embestida con drones. No es extraña tal reacción, pero hay que preguntarse si realmente va a solucionar algo en Oriente Medio.

Por un lado, el hecho bélico-político agita el odio entre suníes y chiíes en la zona. La historia conflictiva entre ambas corrientes del Islam viene desde hace varios siglos (los suníes siguen la palabra del Profeta, los chiíes le añaden a eso el seguimiento a Alí, su yerno), solo que hoy está encarnada en dos potencias regionales: Arabia Saudí, suní, e Irán, chií. Ambos países tratan de tener primacía y cuentan para ello con petróleo.

Los chiíes son minoría en el conjunto del Islam, pero en Oriente Medio son influyentes, precisamente por el poderío iraní. De allí la presencia de Al Quds en el conflicto sirio, enfrentando a ISIS, el grupo extremista suní; o su apoyo a las fuerzas hutíes en Yemen, que también están vinculadas al chiismo. Es dudoso que Trump entienda este laberinto, aunque puede suponerse que sus generales sí, por lo que más de uno debe estar furioso.

Por todo lo anterior, las posibilidades de que varios países se involucren en un potencial conflicto es alta y preocupante. Arabia Saudí –que también está en Yemen- se alinearía con Estados Unidos, lo mismo que Israel, gran enemigo de Irán; el Líbano, donde los chiíes son fuertes se convertiría en un avispero, y algo similar ocurriría Irak, donde esta corriente es mayoría, y que por añadidura ha visto mermada su soberanía por el ataque.

Siria, de gobernantes alauíes (una rama del chiismo) se alinearía con Irán, que ha apoyado a su presidente en la monstruosa guerra que la desangra. En Yemen, un país destrozado por la guerra pero olvidada, también crecería el conflicto. Es increíble que Trump y sus asesores no hayan medido la magnitud del incendio que pueden desatar con este acto que justifican en nombre de la seguridad norteamericana.

Soleimani, sin duda, era un personaje controvertido, que había promovido ataques contra ciudadanos e intereses de EEUU en Oriente Medio. No era un santo, en modo alguno, ni alguien que apostaba claramente por la distensión. Pero si otros presidentes norteamericanos no firmaron su sentencia de muerte, George W. Bush incluido, es porque tenían una mínima conciencia de lo que significaría poner esa pólvora en una zona tan sensible.

Ahora Trump lo ha hecho y es posible que, en las próximas horas o días, Irán responda, de manera contundente. Luego Estados Unidos volverá a responder (ya lo ha advertido el mandatario) y así sucesivamente, hasta no se sabe dónde. Supongo que para Trump suena tentador aparecer como más valiente que Obama –otro de sus probables motivos para perpetrar este hecho-, pero es posible que incinere Oriente Medio y él mismo termine políticamente chamuscado.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

Sobre el mundo, la vida y nuestra especie