Yo me quedo en casa

fuente: el peruano

Que todo no se quede en el aire

La disminución de la actividad humana ha provocado un efecto inesperado en el calentamiento global. ¿Será sólo el sueño de un tiempo de cuarentena?

Publicado: 2020-04-09

Por estos días, casi en cualquier parte del planeta, se abren las ventanas, o se mira al cielo, y se ve –sobre todo en las grandes ciudades- lo casi nunca visto: aire despejado, pájaros por montones, montañas escondidas, nubes solitarias, árboles que respiran más tranquilos. No estamos nosotros y eso, como si no lo supiéramos, ha provocado un efecto sedante en el entorno. 

En materia de emisión de Gases de Efecto Invernadero (GEI,esos que alimentan el pernicioso calentamiento global), la cosecha no es poca. Se estima que en China, dichas emisiones bajaron en un 25% en cuatro semanas. En otros países también se ha sentido el impacto, en primera impresión beneficioso, de nuestra no sentida ausencia. Pareciera que no se nos extraña mucho.

Al menos por la manera cómo, en calidad y cantidad, nos hemos incrustado en los ecosistemas. La pregunta que ronda, en medio de esta atmósfera menos turbada, es si ese efecto será perdurable. O si, una vez que todo termine (si es que termina realmente), nuestra voracidad consumista volverá recargada y dispuesta a disparar sin piedad la huella ecológica que dejamos.

En eso sí que hay un cielo nebuloso que va lanzando señales. Por ejemplo: la Conferencia de las Partes No.26 (COP 26), de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), que se iba a realizar en la ciudad escocesa de Glasgow, ha sido suspendida. Iba a ser en noviembre de este año, por 10 afanosos días y con harta asistencia.

Era -se dice- crucial porque en ella los países adscritos a la CMNUCC propondrían grandes planes de recorte de sus emisiones, con miras a que no incrementemos la temperatura global en tres grados hacia finales del siglo XXI. No será en este año, y esa postergación, en términos de la gravedad del creciente cambio climático, no ayuda a evitar que la Tierra siga achicharrándose.

fuente: el universo.com

Como era esperable, los progresos de las COPs han sido lentos, desesperanzadores, no apuntan a que el Acuerdo de París, alcanzado en esa ciudad en el 2015, se haga realidad feliz entre el 2020 y el 2030. Para hablar en cristiano y no en lenguaje técnico rebuscado: sus laberínticas negociaciones no exhiben un músculo capaz de retrasar una tragedia de gran magnitud.

Aun así, son necesarias. El Secretario General de la ONU, José Guterres, ha sostenido que el cambio climático puede ser, a largo plazo, más letal que el coronavirus y en eso acierta. Esta pandemia en algún momento pasará, o será manejada, probablemente luego vendrán otras; pero el anormal calentamiento seguirá encendido y hasta puede encender otras pandemias.

Ya hay más de un indicio, científico, de que estos arrebatos víricos peligrosos están relacionados con la manera cómo impactamos en la Tierra. Somos una especie de virus para ella, por el modo cómo la contaminamos, y al mismo tiempo porque invadimos territorios de una manera despiadada. Allí, por supuesto, nos esperan más y más virus, listos para posarse en nosotros.

La cadena es más o menos así: se destruyen los bosques, crecen las ciudades, se invaden los ecosistemas más delicados, se impacta en la vida de los animales. De ese modo llegamos a “reservorios de patógenos”, como ha advertido Felipe Castro, director del Centro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible para América Latina y el Caribe al portal Mongabay.

No hay desconexión, entonces, entre luchar contra el cambio climático y luchar contra los virus. En realidad, son dos frentes que coinciden en uno solo, en el cual debería apuntarse a no excedernos en nuestras prácticas sociales y ecológicas, a asumir que todo esto que vivimos, ahora con el COVID-19 y lentamente con el cambio climático, no es un castigo de los dioses.

Somos demasiados, perturbamos al ambiente y a las otras especies, exprimimos las fuentes de energía, alimentamos la pobreza. La esperanza -medida- que se tiene en estos momentos es que esos cielos limpios y esos abundantes pájaros mañaneros nos llamen a cambiar algunos comportamientos instalados, como usar in extremis los autos o abusar del aire acondicionado.

Un artículo aparecido en la revista del Massachusetts Institute of Technology (MIT) ha descrito con bastante certeza el claroscuro de este momento, digamos, climático-vírico. El autor, James Temple, explica que la caída de las Bolsas, y la angustia por su recuperación, pueden hacer que las inversiones en energías más limpias (eólica, solar y otras) pasen a un segundísimo plano.

Podría ocurrir, sin embargo, también lo contrario: que la actual caída de los precios del petróleo aliente, paulatinamente, las inversiones en dichas energías menos contaminantes. O que el teletrabajo, que actualmente se extiende como una pandemia por el planeta, nos induzca a cambiar, notablemente, nuestro modo de conducirnos, o conducir, en el día a día.

Más bicicletas, menos locos de volante, digamos. O menos desplazamientos inútiles, como ir a comprar pan en una 4x4. Al mismo tiempo, la guerra comercial entre China y Estados Unidos, que apenas está en una tregua, puede enrumbar a estas potencias a competir en términos más sostenibles, o a una guerra en clave de capitalismo salvaje que arruinaría supremamente el clima.

fuente: cnn en español

Hay otro asunto también complicado: que si bien se han parado algunas emisiones de GEI de manera casi dramática, ya hay una ruma de ellas que vienen desde atrás y que no serán detenidas por virus alguno. Eso implica políticas de adaptación, no sólo de mitigación, a las que los países, sobre todo los grandes emisores, pueden estar o no dispuestos de acuerdo a sus propios planes.

Manuel Pulgar Vidal,ex ministro del Ambiente del Perú, afirma que esta pandemia podría ofrecernos un buen momento para rebobinar y, justamente, no pensar que es solamente “una crisis de salud”. A propósito, ¿cuáles son las políticas ambientales post-cuarentena del actual gobierno? ¿Dejaremos pasar este momento y sólo nos quedaremos contemplando el limpio cielo?

Sería un profundo error nacional, global, humano, epidemiológico inclusive (no olvidemos que algunos insectos que transmiten enfermedades crecen más rápido con el cambio climático). Si lo primero que ocurre, tras la cuarentena, es que se desatan las compras insulsas, la explotación inmisericorde de los recursos, o las inversiones sucias, es que no hemos entendido nada.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

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