Yo me quedo en casa

fuente: la vanguardia

¿Quién mandará en el mundo?

El mundo saldrá transfigurado de la crisis provocada por el coronavirus. La pregunta es qué país o qué países saldrán victoriosos o más indemnes

Publicado: 2020-05-15

Una de las clases que dicto en algunos cursos de las universidades donde enseño se llama, algo solemnemente, ‘¿Quién manda en el mundo?’ El título lo tomé de un número especial de la magnífica revista editada por el diario catalán La Vanguardia, llamada Vanguardia Dossier, donde examinan con lupa los grandes hechos internacionales del mundo contemporáneo. 

En ese número se habla del poder blando, del poder duro, del poder militar, del poder económico. De qué era el poder, finalmente. En mis clases, por supuesto, esos y otros temas navegaban, con cierta fluidez. Le dábamos vuelta a las teoría realista, idealista, liberal, o a las teorías mixtas, acaso con la convicción de que el mundo era básicamente entendible.

Hace unas horas tuve una conferencia por ZOOM (esa nueva aula global) con el profesor español Isidro Sepúlveda, gracias a la Fundación Academia Diplomática del Perú (FADP) y, como imaginaba, llegué a la conclusión casi sumaria de que esa clase ahora se llamará ‘¿Quién mandará en el mundo’, o simplemente ‘No sabemos qué mundo se nos viene’, pues todo está sacudido.

Sepúlveda cree que hay una crisis de liderazgo, que posiblemente la crisis económica será igual o peor que la crisis sanitaria, que las consecuencias ya se están sintiendo en las grandes potencias y que, como consecuencia, “la balanza del poder se moverá”. Yo sabía que los análisis, los ppts, sobre ese tema iban a tener que “reinventarse”, pero ahora siento que están casi pulverizados.

De esto ya se está hablando, casi a ritmo de contagio, aunque hay algunas tendencias que se van perfilando en el horizonte nuboso. Uno de ellos, en el que insistió Sepúlveda, es que el liderazgo y la influencia de Estados Unidos han entrado en declive. No está en colapso, para usar la palabra de moda, sólo que Donald Trump hace notables méritos para que el Tío Sam se despinte.

La crisis de la gran potencia no es sólo sanitaria, es también moral. Su mandatario está ofreciendo un penoso espectáculo ante el mundo, que debe hacer que se revuelquen en sus mausoleos ‘Los Padres Fundadores’ del gran país. Va a ser muy difícil que recupere esa imagen de país ‘faro’ de las libertades, de la estabilidad global, un papel que desde hace décadas quiere tener.

Haber pasado de Obama a Trump es como caer del Monte Rushmore –donde están labrados de los presidentes Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln- al fondo del Gran Cañón. Es cierto, como ha dicho algún colega que antes EEUU tuvo sus Reagan y sus Bushs, que embarcaron al mundo en complicados trances. Pero lo de hoy ya es delirante y ha caído en medio de una pandemia.

Una pandemia, o una peste, como sabemos y como escribió Albert Camus, “no está hecha a la medida del hombre”. Siempre lo agarra desprevenido, lo asusta, aunque es peor si en vez de pensar y responder quiere asfixiar la realidad. Trump siempre fue un problema y ahora es un problema mayor, al punto que, en las actuales circunstancias Xi Jinping parece Confucio.

Sepúlveda, en la rica y esclarecedora conversación, recordaba algo que hoy se ha esfumado un poco del debate: si se mira la historia política en su conjunto -como la miran los mismos chinos- China nunca dejó de ser una potencia. Tuvo períodos turbulentos, de caída, como el ocurrido tras el fin de la dinastía imperial en 1911, pero luego volvió, con Mao, con Deng Xiao Ping.

Ahora está aquí y parece haber capeado, de momento, bien la peste, al construir hospitales a velocidad crucero, al domarla con medidas rigurosas, al producir material quirúrgico providencial (que incluso han llegado al Perú). No se perfila como un perdedor, sino como una potencia ya no sólo económica y política, que quiere jugar en las grandes ligas.

Ya lo hacía, solo que como apuntaba Sepúlveda, su interés parecía más regional. Ahora, en medio de la tragedia, tiende a ser global y no sabemos cómo querrá ejercerlo. Hasta ahora, siguiendo a los teóricos chinos de las Relaciones Internacionales, era posible creer que le interesaba tener un lugar de peso, no sólo en el Consejo de Seguridad, pero no ser ‘la’ potencia.

Hoy no lo sabemos, con lo que al menos dos de los cuadros mis ppts deben cambiar radicalmente. Además, las características autoritarias de su sistema político comienzan a verse tentadoras incluso por ciudadanos que se tienen por democráticos. Frases del tipo “solamente los chinos pueden hacer eso”, o “eso es lo que necesitamos, la mano dura”, proliferan.

En América Latina algunos están pasando de “querer un Pinochet” a “querer un Xi Jinping”, sin prever los efectos que eso podría tener para la democracia tal como la conocemos. Ciertamente, la estrategia china ha tenido sus virtudes, pero si se mira el panorama global países más modestos como Costa Rica, o más discretos como Finlandia, no lo hicieron mal.

A Rusia tampoco le está yendo muy bien, luego de semanas en las que Vladimir Putin se jactó de tener el virus a raya. Al 15 de mayo, es el segundo país con más contagiados (232,000), luego de EEUU y antes del Reino Unido (238,004). Es sintomático que, en la tabla de expansión del COVID-19, los tres primeros sean miembros del Consejo de Seguridad (CS) de la ONU.

Y luego vienen España, Italia, Brasil y Francia (otro miembro del CS). Ciertamente el volumen de población es un factor a tener en cuenta antes de sacar conclusiones apresuradas. Sin embargo, resulta evidente que a varios países el ‘poder duro’ (militar, económico) no les ha servido de mucho. En estos momentos, el arma más eficaz es un sistema de salud pública resistente.

Eso que EEUU no tiene, en términos sociales (grandes adelantos médicos, pero un costo brutal). La Unión Europea, otro actor en este drama global, sí lo mantenía y aún así naufragó en algunos de sus países emblemáticos, salvo en Alemania. No resulta exagerado afirmar que en ello influyó esa aura de liberalismo desatado, que comenzó a quitarle ladrillos al Estado de Bienestar.

A la UE, Sepúlveda le ve ciertas posibilidades de resurrección, a pesar de su tambaleo. Finalmente, tras muchas vacilaciones y apuros, ha puesto en marcha un fondo de 100 mil millones de euros para enfrentar el desempleo. Tal vez, creo yo, se convierta en un gran referente, junto con China y antes que EEUU, en parte porque el tema ambiental no es un expediente extraño para ella.

Esto último es una de las llaves que puede asomarnos a un mundo más austero, que es el que sobrevivirá luego de este período de incertidumbre. Como ya he escrito, esta pandemia parece un ensayo de una crisis climática global, que sería más prolongada. No verlo, como hacen Trump o Jair Bolsonaro, resulta suicida. El virus del negacionismo climático puede ser aún más letal.

América Latina, por supuesto, no va a tomar la batuta (ya ni Brasil, que está gobernado por un personaje extravagante). Pero sí sufrirá las consecuencias y tiene que tomar previsiones para defenderse, en un escenario donde incluso la globalización ya no será lo que es, tal como observa Sepúlveda. Problemas como la desigualdad, el desempleo, la delincuencia se pueden agravar.

No sabemos, en suma, quién mandará en el mundo, como no sabemos qué tiempo social post-pandemia nos espera. Tal vez nadie mande con claridad, o quizás lo haga China con pinzas, o palitos de comer. De pronto, el Tío Sam revive, o la Unión Europea por encima de sus quiebres. Lo que sí parece inevitable es que el sistema global sufrirá una mutación inevitable. Y navegará en la incertidumbre...


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

Kaleidospropio

Sobre el mundo, la vida y nuestra especie